Mostrando entradas con la etiqueta depresión postparto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta depresión postparto. Mostrar todas las entradas

domingo, enero 26, 2014

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick

Sigo con la racha de novelas de K. Dick. Uno debe confiar en su suerte y cuando viene una racha buena no hay que dejarla pasar. Que dure. Sin embargo, Fluyan mis lágrimas… resulta un tanto atípica ya que, de las que he leído hasta ahora, es con diferencia la más melancólica de todas. Es cierto que en todas sus historias hay algún personaje afligido al que la existencia le resulta difícil y pesada. La diferencia este caso es que creo que no hay personajes que no cumplan esta condición. Cada uno vive una situación diferente, pertenece a un distinto gremio y estrato social pero todos guardan un patrón común: su vida no es completa y viven condicionados por esa falta.

Por otra parte esto no deja de ser una novela de K. Dick, así que el decorado de fondo se consigue con coches voladores, drogas que alteran la percepción de la realidad, un estado policial que somete al ciudadano, objetos evocadores, casi místicos, a los que los personajes se atan y en los que depositan su amor por el mundo, etc. Aunque cada historia de Dick tenga lugar en un universo diferente, y a cada lectura tenemos que aprender unas normas nuevas, el código con el que están hechos, su esencia, es el mismo. La religión, el misticismo, es quizás el factor que más diferencia unos universos o historias de otros. En este caso, no está muy presente.


viernes, julio 26, 2013

Siete años, de Peter Stamm

Bienvenido a la mediana edad, hijo mío. Algo así parece querer decirnos Peter Stamm en esta novela, suerte de guía de la vida para el universitario a punto de convertirse en adulto. Una estupenda hoja de ruta que pretende avisarnos de todos los inconvenientes que vamos a encontrarnos en nuestro futuro próximo, de camino hacia la jubilación… Trabajo, matrimonio, paternidad, ascenso social, desencanto y decadencia del cuerpo. Sólo nos libra de la enfermedad, el bueno de Peter.

El caso es que la novela escrita en 2009 y publicada dos años después en España por Acantilado, fue muy bien acogida. Reseñada positivamente por aquí y por allá, e incluida en esas imprescindibles listas de las mejores novelas del año. Sin embargo, yo me he equivocado. He debido de leer otra cosa, porque no me he enterado de la novela redonda, ni del magistral diseño de personajes, ni del excelente retrato de una época sin certezas ni convicciones… Para mí, Siete Años cuenta una historia bien distinta.

No quiero destripar el argumento, puesto que aunque el devenir de los personajes no es lo principal, sí que hay una serie de revelaciones a lo largo de la historia que ayudan a construir la narración de forma interesante. Sí que se puede decir, no obstante, que Peter nos cuenta la historia de la vida de Alex, y su lucha interna por decidirse entre la vida que debe vivir y la que quiere vivir.

Así que nos encontramos siguiendo las experiencias de Alex, narradas por él mismo a través de dos relatos entrelazados (uno que va rememorando el pasado y otro presente, fijando desde el principio el momento del desenlace de la historia), y que centran su vida en dos aspectos: sus expectativas de vida y su egoísmo. En ese sentido, sí que podemos aceptar que Alex representa al hombre moderno, y por lo tanto la novela deja de leerse como una historia particular y pasa a convertirse en un relato generacional. Pero por otro lado, a algo llamado relato generacional le exijo un punto revelador, algo así como “¡ZAS! Mira hijo, esta es tu vida y ni te habías enterado” que esta historia no tiene. Alex es un frustrado de la vida y lo sabe él, Peter y cualquiera que entre en una librería buscando un libro.

Pero todo eso no quita que merezca la pena ser leída, no señor (ojo, que yo, daría mi bazo por escribir algo así, una cosa no quita la otra…). Volvamos a las dos ideas que empapan la novela, las expectativas de vida de Alex y su egoísmo, y desarrollemos un poco más.


viernes, abril 19, 2013

El rayo mortal, de Daniel Clowes

Qué majo el bueno de Daniel, metiendo el dedo en la llaga. La cultura underground, “la negra espalda del sueño americano” que diría Marías (y que creo que ya he escrito alguna vez), que se opone al quarterback, a las animadoras y a los negros que llegan a ser presidentes del gobierno. El ser humano es un desastre, la vida es una mierda y la salvación del individuo un mito. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es la muerte. Cinco siglos y seguimos con lo mismo. España es el Lazarillo de Tormes, la clase media americana los villanos y Emilio Botín un señor feudal de esos que viven en torres de cristal en lugar de torres de piedra y ya no mueren de gota, porque van a gimnasios y tienen dietistas. El derecho de pernada también existirá, supongo. Que le pregunten a Berlusconi o a DSK.

Volvamos con Daniel. ¿Recordáis cuándo pasabais los días en el colegio, desapercibidos, ajenos a todo lo que os rodeaba y esperando el día en que todo estallara y no tuvierais que volver? ¿Recordáis a las chicas que os ignoraban y que según Houellebecq os perseguirán toda la vida como a Ricardo III sus fantasmas? ¿Recordáis el día que la chica más guapa de todo el instituto se sentó, para sorpresa vuestra, a vuestro lado en clase de literatura? ¿Y recordáis, acaso, cómo por las tardes leíais tebeos y jugabais con el ordenador, tratando de alcanzar otras vidas? Pues por si no lo recordáis, Daniel viene en vuestro rescate.


El rayo mortal nos cuenta la historia de Andy, adolescente estándar americano que hemos visto en películas y series cientos de veces: el margi. En él, la misantropía campa a sus anchas y no podemos saber con exactitud qué fue antes, la marginación social que recibía de fuera o las ganas de aislamiento que le salían de dentro. Tiene un amigo, Louie, que aunque lo intenta un poco más en esto de socializar consigue lo mismo. El doble de cero sigue siendo cero, chaval, así que, en cierto sentido, fracasa mucho más, pero igualmente la historia se centra en el anodino Andy. Tiene una novia que vive en otra ciudad y no le responde las cartas, vive con su abuelo y salvo Louie, pocas personas hablan con él a lo largo del día.

Andy no participa de los ritos sociales del instituto y poco a poco va virando del desapego al desprecio, poco a poco los otros seres humanos se le hacen insoportables, y entonces llega la magia. Ta-raaaaan. Una caja con objetos que su padre le dejó en herencia antes de morir, y que su malvada tía guardaba sin motivos aparentes; un extraño suceso y la consecuente aparición de los poderes de Andy; una máscara, un traje y ya estamos listos. Andy y Louie ya pueden hacer frente a la amenaza de la humanidad… ella misma.

***

Partiendo de las historias de super-héroes, Daniel vuelve a construir el relato del adolescente inadaptado, que entra en la edad adulta y no es capaz de comprender el mundo que lo rodea. Los ritos y reglas sociales se le hacen extraños y carentes de sentido. No entiende qué rige que algo o alguien sea “guay” o sea “una mierda”, y no se siente contagiado por las emociones comunes. Algo por lo que ha pasado toda persona que haya tenido adolescencia, por supuesto, pero que no por eso deja de merecer ser leído. Clowes pone el dedo en la llaga, sí, y nos recuerda esos años de desorientación, también, pero además nos acerca (no sé si deliberadamente o no) a sentimientos más extremos. ¿Tan lejos están los niños de Columbine? Leyendo El rayo mortal no lo parece. Atención, esto no es una apología de nada, pero siempre hay que defender que para comprender al vecino hay que tratar de ponerse en su piel. Para juzgar sus actos hay que tratar de comprenderlos.

Daniel nos habla de lo difícil que es esa transición de la infancia a la edad adulta y lo extraño que resulta participar en un juego al que no hemos escogido jugar, simplemente nos han obligado, y además viene sin instrucciones. Por si fuera poco, en el momento que comprendemos que el juego no tiene principio ni fin, ni se puede ganar o perder, participar en él todos los días resulta aún más absurdo.


Yo no sabía dibujar, así que no hacía tebeos. Sin embargo, era protagonista de mi propio tebeo imaginario. Mensualmente rotulaba una página en la que contaba qué peligros acechaban al héroe (yo). Los enemigos eran las chicas que me gustaban (las “eses” que dan el plural son deliberadas) según el mes. Algunos de esos enemigos volvían a aparecer y otros no, según esas chicas siguieran apareciendo en mi vida real o no. La numeración del tebeo era la de mi vida real. Un mes por cada mes de vida. Recuerdo que llegué al 200, así que tuvo que ser entre los 16 y los 17. Esas hojas estarán por casa de mis padres, en alguna carpeta perdidas.

Lo haces bien, eres bueno. Pero, la próxima vez, cuéntame algo que no sepa, Daniel.

miércoles, enero 30, 2013

Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq

"¡Todos quietos! Esta noche manda mi polla" dijo el escritor, y se puso a escribir. Algo así, más o menos, debió ocurrir el día que Houellebecq comenzó su primera novela: Ampliación del campo de batalla.

Escritor y, sobre todo, personaje polémico, a la crítica literaria siempre le ha costado bastante disociar al escritor francés de su obra a la hora de criticar sus textos. Eso le ha beneficiado, sin duda alguna, en lo económico, pero probablemente le ha perjudicado en lo literario. Las opiniones vertidas por los personajes de sus libros siempre se han tomado como opiniones personales suyas, y la vida relatada en sus novelas se ha confundido con la suya propia. Él mismo ha seguido ese juego, como al insinuar que la madre hippie y drogada de los hermanos de Las Partículas Elementales estaba basada en su propia madre. Así pues, ¿qué nos queda? Un tipo misógino, individualista, pervertido, racista, xenófobo y acomplejado por su propia infancia que expone su vida personal a través de sus novelas. Venga, a ver qué tiene que contarnos.

Personalmente, ni me va ni me viene la realidad sobre Michel Houellebecq. Conozco poco o nada de su vida privada (más allá de saber que vive en Cabo de Gata) y ni me interesa. De sus novelas, por otra parte, he leído ya unas cuantas: Las Partículas Elementales, Plataforma, El mapa y el territorio y, por último, su primera obra: Ampliación del campo de batalla. Las tres primeras cronológicamente (Ampliación, Partículas y Plataforma), forman una trilogía cuyo tema principal es el aislamiento del hombre contemporáneo, y el análisis de cómo el sexo supone uno de los más violentos yugos que nos someten. Me refiero al sexo en toda su extensión. No sólo a la práctica física, sino también al sexo como medio de diferenciación, instrumento de la publicidad y valor moral por encima de cualquier otro valor aplicable al ser humano, según nuestra particular y contemporánea escala de valores (cualquier otro atributo del ser humano –poder, inteligencia, sentido del humor, sabiduría, riqueza- sólo tiene sentido si nos conduce al sexo. De lo contrario, es simplemente una pérdida de tiempo).

Resumiendo todo lo anterior: Houellebecq es como Camus, pero con frustrados sexuales (y muchas páginas de folleteo, que siempre da jugo –nunca mejor dicho-…). Camus escribe en Calígula: “Los hombres mueren y no son felices”. Houellebecq, escribe en Ampliación

He vivido tan poco que tiendo a imaginar que no moriré nunca. Me parece inconcebible que una vida humana se reduzca a tan pocas cosas. Sin embargo, tendemos a imaginar que algo nos va ocurrir, tarde o temprano. Terrible error. Una vida bien puede ser vacía y breve. Los días transcurren, pobremente, sin dejar ni rastro ni recuerdo. Y luego, de golpe, se paran.



Ampliación, es el primero y, probablemente, más flojo de sus intentos por revelar la trampa del ser humano contemporáneo.

Es una novela corta, contada en primera persona, que nos cuenta los viajes laborales que tienen que hacer a pueblos de provincias un par de empleados del Ministerio de Agricultura francés, con el fin de enseñar a manejar un nuevo programa informático a los empleados de las administraciones regionales. El protagonista, presa del “Desencanto”, se dedica a observar a las personas que le rodean y sus mecanismos de relación como el que mira animales en el zoo, como si la cosa no fuera con él. Para él, el sexo condiciona nuestras vidas, en igual medida que el dinero: 

Sin duda, me dije, en nuestra sociedad, el sexo representa claramente un segundo sistema de diferenciación, totalmente independiente del dinero, y se comporta como un sistema igual de despiadado. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su ampliación a todas las edades y a todas las clases sociales. Igualmente, el liberalismo sexual es la ampliación del campo de batalla, su ampliación a todas las edades y a todas las clases sociales.

Para el protagonista, la vida moderna supone un mecanismo despiadado y cruel, que devora a los seres humanos que no son capaces de adaptarse a sus juegos. Así, de la misma forma que una persona que no consiga hacer dinero tendrá vetada la entrada a ciertos aspectos de la vida (una vida plenamente consumista, entiéndase), una persona que no consiga hacer valer su estatus sexual, será igualmente condenada en esta segunda escala de medida. Uno puede tener la idea de que no es necesario entrar al juego sexual de cara a mantener una vida integrada en la sociedad, pero aquí es donde la novela se pone firme: no se puede. El sexo se ha convertido en un valor ineludible para formar parte de nuestra sociedad. La publicidad está absolutamente condicionada por el sexo y, a su vez, muestra al sexo como objetivo final de la vida (la colonia te lleva a la chica, el coche te lleva a la chica, el Smartphone te lleva a la chica, y hasta el curso de guitarra de CCC te lleva a la chica…); las sociedades se distinguen por su tratamiento del sexo (algunos musulmanes viven convencidos de que en Occidente la vida y las mujeres son lujuriosas), etc. 

La sexualidad es un sistema de jerarquía social.

Para colmo, no sólo fijan el sexo como condicionante de nuestra vida, sino el sexo (o la vida sexual, mejor dicho) que tuvimos en nuestra adolescencia. El adulto es un adolescente debilitado. Para el protagonista, cualquier acto de nuestra vida adulta, es un mero intento de corregir nuestros defectos y carencias de la adolescencia, una lucha contracorriente por un objetivo inalcanzable, cambiar una época pasada de nuestra vida que nos ha dejado unas trazas imborrables. 

De todas formas, ya es tarde. El fracaso sexual, Rafael, que sientes desde tu adolescencia, la frustración que te persigue desde los trece años, te han dejado unas marcas imborrables. Aunque supongamos que, a partir de ahora, puedas disfrutar de las mujeres, no te servirá; nada te servirá. Siempre serás huérfano de los amores adolescentes que nunca conociste. En ti la herida es ya dolorosa, e irá a más. Una amargura atroz, sin remisión, acabará por llenar tu corazón. Para ti, no hay ni redención ni liberación posible. Es así.

Taraaaaan!

Niños y niñas del mundo, ahí tenéis aquí tenéis a Houellebecq, listo para ser leído en todas las clases de quinto de primaria que se precien, si es que los profesores quieren preveniros y ahorraros algún que otro trauma adolescente. Misógino (Ese agujero que ella tenía debajo del vientre debía de parecerle absurdamente inútil. Una polla siempre podemos cortarla, ¿pero cómo poder olvidar el vacío de una vagina?) e individualista (había tenido siempre, como todos los depresivos, una fuerte tendencia al egoísmo y a la ausencia de corazón). Vamos, como la vida misma. Entre el all-bran y Houellebecq, me quedo con el francés.

Sexo: Mmm, aquí hay trampa. Se habla mucho sobre sexo, pero en la novela apenas hay un par de masturbaciones y un poco de espionaje sexual (a dos que se lo montan en una playa). En esto Las Partículas gana de calle.  
Naves espaciales: Nada. Si hablamos de funcionarios franceses de provincias, no pega mucho que aparezcan cohetes ni por la tele. Otra vez será.

domingo, diciembre 30, 2012

El regreso a casa

Son Navidades, y como todos los años y como tanta gente vuelvo a casa. Una casa que ya no es mía, pero no dejará nunca de serme familiar. Dejo las cosas y llamo a los amigos de siempre. Para variar, cerveza en el sitio acostumbrado a la hora acostumbrada.

Qué tal, yo bien, yo también. Por aquí como siempre, qué tal por allí. Pues qué quieres que te diga, como siempre. ¿Sabes que Arturo se ha casado? No jodas, quién lo iba a decir. Ya te digo, el pringao de Arturo ahora hecho todo un padrazo... Lo siento por su hijo. Jaja, yo también. Oye, ¿cambiamos de bar? OK, de acuerdo. ¿Mubarak? Mubarak sea.


Pido una cerveza en el Mubarak y llego a 2005. O al menos eso dice un calendario en la pared. Vuelvo a nuestro rincón de la zona de baile, reconozco la canción de Lori Meyers que está sonando. La canto como si fuera la vida en ello... Más adelante se suceden las canciones conocidas y mil veces cantadas, las Voll Damms de siempre y cuando me doy cuenta, las luces se han encendido y un tipo blandiendo una fregona me dice que deje de hacer el pijo y de cantar canciones de hace mil años, que ya va siendo hora de irme para casa.


Salgo del bar y es 2022, según unas luces de Navidad colgadas de una lado a otro de la calle. “Hola, ¿qué tal? Cuánto tiempo” Muy bien. Siete años por lo menos, ¿y tú? “¿7? Diría que más bien 17, pero bueno. Yo bien, ya ves, aprovechando que he dejado a la mujer con los críos en casa... ¡Hay que desfogar!” ¿Críos? Joder qué fuerte, ¿y cómo llevas lo de tener críos con la carrera pendiente? “¿Qué carrera? La San Silvestre la voy a correr, pero es dentro de cinco días...” Ah, ya, cierto. Yo no la voy a correr este año... “Ja, no te deja la muyer, ¿verdad?” Eh, sí claro, la muyer... Ya sabes, ye lo que hay, la familia manda... “Si es que al final somos todos iguales... unos calzonazos, joder... Bueno anda, me alegro de verte, cuídate y da recuerdos a la muyer y a los críos. ¡Hasta luego Carlos!”


Bajo la calle pensando en quién será Carlos y cuántos hijos tendrá, y en cómo será su mujer y si yo los he conocido alguna vez. Llego a la parada de taxis y me meto en un Passat de los ochenta. Cierro la puerta y estoy en 1982. Suena la COPE en la radio y un político que no reconozco se queja de que los socialistas no pueden tomar el gobierno porque siempre hacen lo mismo, destrozarlo todo. Le pregunto al taxista si no puede cambiar de emisora y me dice que para qué, que son todas iguales. Sigue hablando, y para cuando vuelvo a prestarle atención me dice que una cosa está clara, “con Franco se vivía mejor. Dicen que no había tanta libertad, pero la verdad, ye que hacía les mismes coses” Me hundo en el asiento de atrás hasta llegar a casa mientras el taxista y el político me recuerdan que toda la culpa es de la izquierda, y que lo necesita este país es mano dura y, sobre todo, hacer las cosas como dios manda. Le doy 350 pesetas y le digo que se quede con el cambio. Me da las gracias y le digo que no se desespere, que saldremos de esta.


Me despierto a la mañana siguiente y miro a la mesita de noche buscando la hora. Una pantalla en la que veo de fondo de un viejo posando con tres niños me informa de que son las 10:27 del 29 de diciembre de 2064. En ese momento escucho una voz detrás mía:

- ¡Vaya cómo estamos! Pues sí que hemos dormido hoy, ¿eh? No me diga que estuvo usted de fiesta anoche... Vaya prenda que está hecho.

Trato de incorporarme para levantarme y sólo consigo resbalarme con las sábanas. Intento sacar una pierna fuera de la cama pero no se mueve. La voz se mueve hasta aparecer en mi campo de visión y resulta ser una mujer de unos cuarenta años vestida de enfermera. Viste una especie de pijama azul y raído.

- ¡Adónde va! Pues sí que nos hemos despertado hoy con ganas de pelea... Deje, deje que yo le ayude que usted sólo no va a poder... Así... Cójase de mí y yo le levanto, ¿ve cómo así va mejor?

La enfermera me incorpora, me ayuda a levantarme y me sienta en una silla de ruedas. Arrastra la silla hasta un salón con ventanal desde el que se ve la Escalerona. Me dice que me quede ahí, cómo si yo pudiera irme a algún sitio, y que en seguida me trae el desayuno, ya que luego nos tenemos que preparar. Hoy viene uno de mis nietos y me a sacar a comer por ahí. Me fijo en la gente que pasa por el paseo del muro. Bicis, aeropatines, perros de colores y viejos en chándal de Tactel. Hay que cosas que nunca cambian. Más allá, la playa, el mar, el Rinconín al Este y San Pedro al Oeste. Una frase viene a mi cabeza: “todas las cosas que alcanzo a ver me sobrevivirán” y poco a poco noto que una fatiga me invade. No puedo decir que sea dolor, pero sí que alcanza todas las partes de mi cuerpo. Cierro los ojos e intento dormir para ver si así desaparece. Efectivamente, parece que poco a poco el dolor desaparece. Al rato, escucho una voz de lejos “¡Abuelo, abuelo! ¡El abuelo no se mueve papá!” pero no importa, ya no siento fatiga...


Abro los ojos de golpe y siento un sudor frío que me recorre toda la espalda. Miro el reloj y son las 6:55. Salgo de la cama, que por cierto, está bastante alta y corro a la cocina para buscar un vaso de agua. Necesito refrescarme. Curiosamente, la encimera de la cocina está más alta de lo normal. Apenas puedo llegar al grifo y los armarios donde se guardan los vasos quedan fuera de mi alcance. Por suerte, tengo uno mano. Me estiro para abrir el grifo y lo lleno. Pesa mucho, así que tengo que agarrarlo con las dos manos. Afortunadamente, parece que el disgusto de la pesadilla ha pasado y ya no siento la fatiga. Al contrario, mi cuerpo se siente como nunca. De vuelta a mi habitación reparo, al pasar por el salón, en unos bultos extraños. Entro, doy la luz, y veo decenas de paquetes envueltos repartidos por todo la habitación. La mayoría están alrededor de una zapatilla pequeña. La cojo y tiene el número 28. Una voz tras de mí me sobresalta:

- ¿Qué haces tan pronto en pie? ¿Sabes la hora que es? Anda y vuelve a la cama –dudo un instante y mi padre me anima –no te preocupes anda, que los regalos ya están aquí y no se van a marchar. Luego los abrimos todos. Anda vuelve a dormirte.


Así hago, hasta que me despierta el móvil. Un mensaje de whatsapp me dice que hemos quedado en Toma 3 para tomar un café. Ducha y a la calle. Toma 3 resulta ser un bar, y no una tienda de tebeos como yo lo recordaba, y ha cambiado de lugar, así que tardo un rato en encontrarla. Alrededor de una mesa alta encuentro a una media docena de amigos que me saludan sonriendo, les pregunto qué ocurre y me dicen que vaya cara tengo, que parece hubiera dormido dos días enteros. Respondo que puede que así haya sido, y uno pregunta: “¿qué día es hoy?” Ni idea, respondo.

- Joder, no sabes ni en qué día vives –asiento y todos sonreímos.

Les pido que me pidan un té mientras voy al baño. Allí dentro huele a canela, así que salgo tarareando aquella canción. Cuando llegan las bebidas nos damos cuenta de que el té huele a canela, la cerveza huele a canela y hasta el bisolán. Cojo mi teléfono y hago un comentario al respecto en mi Facebook. Vuelvo a la conversación, levanto la mirada de nuevo y veo a la camarera ante mí, que me dice:

- La clave es la deriva.

¿Qué? ¿De qué me está hablando? ¿Qué mensaje misterioso y encriptado me trae esta mujer que ni sé de dónde viene ni cómo ha llegado hasta aquí. ¿Es realmente una camarera? Miro la pantalla del teléfono. Son las 17:56 del 29 de Diciembre de 2012, todo parece correcto y sin embargo, una criatura salida de la nada se abre paso entre mi círculo de amigos sólo para transmitirme este mensaje cifrado. “La clave es la deriva” me ha dicho, no consigo ver la relación que puede tener con mis últimos días aquí y sin embargo, al mismo tiempo, no puedo evitar intuir una poderosa relación. De alguna forma, alguien o algo ha enviado a esta camarera, o quién sabe, quizás ha tomado forma de camarera humana, para comunicarme algo que, desgraciadamente, no puedo desvelar. ¿La habrán visto el resto de mis amigos? ¿Seré el único que ha presenciado este misterioso encuentro? Algo dentro de mí me dice que puede que así sea, por lo que temo que no pueda resolverlo jamás. Levanto la mirada del teléfono y ella sigue allí. La miro extrañado y ella, a su vez, muestra haber captado mi confusión. Vuelve a hablar y me dice:

- El wifi, chaval. La clave del wifi es laderiva.

martes, agosto 07, 2012

La mediocridad como objetivo

Avanzan las Olimpiadas de Londres 2012. Llevan 11 días repartiendo medallas y nos quedan los cinco últimos, la traca final hasta este domingo. ¿Y dónde está la selección española? En el momento de escribir esto, los 28 del medallero.

Veamos qué implica eso. Mirando arriba y abajo en la clasificación nos vemos por debajo de Croacia (4mill. hab., 18k USD de PIB per cápita) y Etiopía (84mill., 0,9k USD de PIB) y por encima de Canadá (33mill., 52k USD de PIB) y Suecia (9,4mill., 37k USD en PIB). Nosotros estamos en 47 millones de habitantes y 30k USD de PIB per cápita.

Mirando a nuestro alrededor, vemos que los países europeos que están por encima de nosotros en el medallero son Reino Unido, Rusia, Francia, Italia, Alemania, Países Bajos, Hungría, Bielorrusia, Ucrania, Rumanía, Dinamarca, Polonia y la ya citada Croacia. Portugal e Irlanda todavía no se han estrenado con medallas, así que están por debajo.

Y mirando hacia atrás, recordar que si en Seúl fuimos 25º en el medallero al final, en Barcelona 6º (nuestro all-time-record), Atlanta 13º, Sídney 25º, Atenas 20º y Pekín 14º.


Hasta ahora, la Delegación Española ha conseguido 6 medallas: 1 oro 4 platas y 1 bronce, y las perspectivas para los cinco días que quedan nos alejan de los 5 oros, 10 platas y 3 bronces de Pekín. Es decir, que pasado el ecuador de los Juegos y a riesgo de equivocarnos (aunque sea muy poco riesgo), se puede comentar que el resultado en Londres 2012 supondrá un ligero paso atrás del combinado español.

Puede parecer raro escribir esto el mismo día en que la delegación española ha conseguido su mejor resultado en lo que va de Juegos: tres medallas. El oro de Marina Alabau en RS:X (windsurf) y las platas de Gómez Noya en triatlón y la pareja Carbonell y Fuentes en dúo de sincronizada, y de ninguna manera se puede trasladar la crítica que se avecina a los deportistas, puesto que de ellos no depende el resultado general de una delegación, sino su propia actuación. En ese sentido y desde mi punto de vista (como deportista amateur), el mero hecho de estar presente en unos Juegos Olímpicos justifica la carrera de un deportista. Los diplomas y medallas, ya no digamos, así que todos ellos se quedan fuera de la crítica.


El problema, como siempre, es la apuesta del país. España en los Juegos Olímpicos, como en la Economía, apuesta por la mediocridad. Con no hacer el ridículo basta. Sacamos pecho en el ’92 gracias al Programa ADO, que permitía a los deportistas poder machacarse durante 4 años sin tener que mendigar. Hablo, por supuesto, de los deportistas que practican deportes “no profesionales” como el atletismo o la natación, por citar los dos principales de los juegos. A día de hoy, el ADO no ha muerto, pero claramente flaquea (a la vista están los resultados aquí y en los últimos europeos y mundiales de atletismo).

Sin embargo, nuestra Delegación sacó pecho en Pekín con unos resultados aparentemente aceptables. ¿A base de quién? Gasol, Barrufet, Samuel Sánchez, Nadal, Vivi Ruano… en su mayoría, deportes “profesionales” cuya financiación no depende del Estado. Sí, lo sé, he omitido a propósito a Llaneras, Deferr, Mengual, Cal, Craviotto y compañía por la sencilla razón de que sin los deportes “profesionales” hubiéramos conseguido la mitad de medallas o menos.

Así que mientras países de lo más variado copian el estilo de preparación de las Olimpiadas de los EEUU con sus trials y con una potenciación del deporte muy fuerte desde las universidades (no enteramente financiadas por el Estado), y por variado me refiero a Francia, Jamaica, Australia o Kenia (por supuesto, todos por encima nuestro en el medallero), aquí en la península seguimos sin hacernos eco del antiguo principio de Mens sana in corpore sano. Ni mens sana (de la investigación mejor hablo otro día) ni corpore sano. Aquí, o te lo montas por tu cuenta, o te amparas en un club con dinero (dedicado a un deporte profesional, se entiende).

- Bueno, pero a mí qué coño me importa que no estemos al frente del medallero ese, con la de cosas que nos tendrían que preocupar a los españoles en estos momentos…

Todos tranquilos. ¡Datos aleatorios a mí!

Clasificación actual del medallero (10 primeros): China, EEUU, Reino Unido, Corea del Sur, Rusia, Francia, Italia, Kazajistán, Alemania y Países Bajos.

- Todos menos Kazajistán y Países Bajos son miembros del G20. España y Países Bajos son invitados permanentes.

- Todos menos Países Bajos y Kazajistán tienen más PIB a PPA (Paridad de Poder Adquisitivo) que España.

- Y todos menos Kazajistán y Holanda están por encima de España en cuanto a poder militar. Vía Globalfirepower.

No pretendo decir que sacar quince medallas de oro nos convertiría en una potencia militar, pero sí que se nota cuándo un país apunta a la mediocridad, porque apunta así en todo.


Y si el Gobierno anda despistado y no atina con sus políticas de educación, ¿mientras tanto qué hacemos los españolitos de a pie? Pues depende. Aquí tenemos Hormigas y Cigarras. Mientras las mujeres, nuestras hormigas, acuden en mayor proporción a la Universidad y sacan más medallas (por ahora 5 a 1), los hombres nos dedicamos a regalarles balones de fútbol a nuestros hijos, a ver si nos salen como Cristiano Ronaldo o Messi. Cruzcampo en la mano y el marca bajo el brazo. Cigarras.

Un tópico, puede, pero tenemos que tener cuidado con los tópicos ya que si nos empeñamos en parecer algo, corremos el riesgo de acabar siéndolo. Si no, mirad al país; quería parecer mediocre, y lo ha conseguido.

martes, mayo 15, 2012

El futuro político y social de Asturias

Alguna extraña conspiración está teniendo lugar en contra de las aspiracionesy sueños de la región asturiana; tantas catástrofes a la vez no pueden ser fruto de la casualidad. No hay duda. No nos dejan levantar cabeza:
- Nuestro glorioso Presidente es ninguneado por el Tribunal Constitucional.
- Cherines rechaza ser nuestra presidenta.
- Melendi sigue cantando.
- Alonso ha sido superado por un… ¡venezolano!
- Vamos a ser la primera Comunidad Autónoma intervenida por el gobierno central.
- Cienfuegos se ha marchado a Sevilla.
- El Sporting baja y el Oviedo no sube.
- Villa está prácticamente fuera de la Eurocopa.

¿Qué más nos puede pasar?

Buena pregunta, ¡dínoslo tú! El VBarómetro se pone a trabajar de nuevo. Para ello pedimos tu cooperación respondiendo a una única pregunta (nada que ver con el tedioso barómetros del CIS).

En tu opinión, ¿por dónde nos llegará el próximo golpe?:

 a) Política:




b) Deportes:




c) Ciencia:




d) Cultura:



Participa. Tu opinión nos importa.

Nota: en la esquina superior derecha del blog podrás realizar tu votación. ¡Gracias!

martes, enero 10, 2012

Otro aburrido debate

El otro día me desperté con un curioso regalo en la mesa de noche. Había apuntado en un papel la siguiente frase: “Continuar con el estéril debate sobre la legalidad del matrimonio homosexual es un lastre que impide al hombre llegar a Marte.” Bastante bien. Deduje que la noche anterior, en medio de la duermevela, una repentina inspiración hizo que brotara, aunque ni recordaba haberla escrito ni le encontré mucho sentido al toparme con ella a primera hora de la mañana. A qué vendría eso.

Así que dediqué el día a poner en orden mi cabeza, y a tratar de adivinar qué me había provocado escribir esa frase en pleno sueño y sin poder recordar cómo. Pero claro, la primera parte de la frase no es difícil de situar. De camino al trabajo, en la radio alguien dijo algo así como que “si a mí no me importa que se casen, lo que no entiendo es por qué lo tienen que llamar matrimonio”. Y es que ahora resulta que somos unos apasionados de la semántica en este país.

Pero las aclaraciones no terminaron ahí. En el descanso del café alguien comentó que por qué una niña de 16 años no puede comprar cervezas y sí que puede abortar; en el periódico un político catalán decía que España oprimía a su pueblo al impedirles expresarse en el idioma de su país; por la tarde, en un bar, en el grupo que estaba detrás de mí alguien protestó “¿por qué hablan de la eutanasia? Yo creo que de lo que hay que hablar es del derecho a la vida”; y al llegar a casa escuché a mi vecina gritar a quien tuviera al otro lado del teléfono y a todo el vecindario que por qué a ella la seguridad social no le pagaba el aumento de pechos si a los transexuales les estaban pagando el cambio de sexo. ¿Sigo?


Decía Herzog en la novela homónima de Saul Bellow, que “erramos al figuramos que una vez se ha descrito en los libros la crueldad, ya se ha terminado.” Y yo me permito añadir que podríamos sustituir su “crueldad” por términos como ley de dependencia, aborto, eutanasia, regionalismos, matrimonio homosexual… todos estos debates me pesan, me impiden avanzar como persona, y además me aburren. Por otro lado, es un error pensar que por el hecho de que ya hayamos escrito la solución a todos ellos incontables veces, no vayamos a tener que escribirla incontables más.

Pero que conste que esto no es un ataque contra la libertad de expresión. Todo lo contrario, deberíamos sentirnos empujados hacia nuevos debates, hacia nuevos retos. Y tampoco es un ataque a la religión, o al menos en parte (a pesar de mencionar varias de sus puntas de lanza). No es un ataque directo al pensamiento religioso, sino a los repetitivos debates que los autoproclamados representantes de dios en la tierra se empeñan en mantener en las primeras páginas de la prensa con el único afán de desmarcarse, de parecer algo diferente. Yerran el tiro.

Estamos en el s.XXI, el ser humano ha dejado de tener relaciones sexuales con el único afán de la reproducción desde… ¿cuándo? ¿Hace tres mil años? Dejemos tranquilos a los homosexuales. Luego nos dicen que el problema está en los niños que educan, y aunque no sólo las parejas homosexuales engendran hijos homosexuales, uno intuye que el tiro va por ahí. Sin embargo, ¿cuántos tipos de familias heterosexuales disfuncionales tenemos que soportar? Padres alcohólicos y violentos con sus hijos, egoístas descuidados con sus retoños, veganos que mal nutren a los suyos… me niego a seguir. Tengo casi 30 años. Creo que tengo derecho a no tener que perder el tiempo volviendo a debatir sobre obviedades así. Y además la intención del post iba por otro lado. Me dejaba la segunda parte de la frase.


¿Cómo relaciono el hecho de que temas estériles y propios de civilizaciones ancestrales centren el debate social y político del presente con llegar a Marte? Pues ahí vamos.

Dejemos Marte de lado. Más fácil: la investigación con células madre. Dejando al margen el hecho de que haya que acordar ciertos límites éticos a cualquier tipo de investigación, ¿cómo puede dudar alguien de la necesidad de avanzar en este campo? Pues el mundo no sólo duda, sino que se opone. No nos merecemos esto.

Venga, ahora otro ejemplo un poco más cercano a las estrellas: el CERN. El mayor laboratorio del mundo. La institución fue creada en 1954, y a día de hoy se compone de 20 países miembros, aunque la institución, ubicada entre Francia y Suiza, no está sometida a ninguna de las dos jurisdicciones, por considerarse una institución internacional. En ella participan 2400 empleados a tiempo completo, y 7931 investigadores de 608 universidades y 113 nacionalidades. No está mal para un laboratorio. ¿Y sabéis por qué funciona? Pues porque no está sometido a ningún cuerpo político.

¿Os imagináis qué ocurriría si algún órgano de gobierno, por ejemplo el euro parlamento tuviera algún poder sobre el CERN? Tendríamos que escuchar al político de turno protestando porque no se respeta la cuota del idioma de su país en los artículos que el laboratorio publica cada año; otro preguntaría por el impacto real de los neutrinos en las cifras de paro de su región, ya que a él y a sus conciudadanos no les parecía relevante, y el de más allá reclamaría incrementar la cuota de empleados de su comarca. En conclusión: seguro que acabaríamos desmantelando el CERN, para construir otros 20 aceleradores de partículas, uno en cada estado miembro, para satisfacción de ministros insensatos y votantes necios y para desgracia de la ciencia. Así de fácil se acaba con el conocimiento y el progreso, niños.

La ciencia no puede estar sometida a los ciclos de cuatro años de los políticos. Así mismo, estos no deberían estar condicionados (al mismo tiempo que realimentando) por unos debates pueriles. Parece que en mi frase no me refería solamente a llegar Marte y al matrimonio homosexual, la cosa era bastante más general, pero el ejemplo me vale. Lo que sí que me queda claro es que todos estos debates nos lastran, nos anclan a tiempos pasados, nos impiden mejorar. Nos merecemos otros temas, otros intereses, otras discusiones que nos permitan crecer como sociedad y como personas. Progresar en el ideario común, es una de las pocas vías a través de la cual todavía podemos dejar un mundo mejor a los que vengan después, ahorrándoles discusiones ingratas y egoístas. La idea de llegar a viejo discutiendo sobre los mismos temas con los que tenía que lidiar a los 16 me produce angustia.

Todo esto se trata de vacunarnos frente a la pasividad y a la necedad. No vaya a ser que luego creamos que estamos haciendo la revolución y nos la estén colando. Que nadie se engañe, todo está relacionado. El matrimonio homosexual, Marte y el Estado de Bienestar. Todo depende de que le pongamos un poco más de ganas al asunto.

sábado, abril 02, 2011

Gentrificación mental

Al igual que ocurre con los barrios en las ciudades, la mente (y el hombre por extensión), experimenta un proceso análogo a lo largo de su vida.

Durante la infancia somos primarios y básicos. Cuesta ver la diferencia entre el bien y el mal, y sólo obedecemos a nuestros instintos. Sin pasado e incapaces de comprender el concepto de futuro, el presente ocupa todas nuestras necesidades y esfuerzos, lo que nos incapacita para progresar por nosotros mismos.

Al llegar a la adolescencia, nuestro barrio mental se llena de nuevos y emocionantes vecinos. Empezamos por música y cine y quizás también literatura (incluso tebeos), pero más adelante, y extendiéndose durante la época de la universidad, los vecinos nuevos se incluyen también a la política y a la sociología. Son ideas atrevidas y provocadoras las que nos ocupan, y las utilizamos para diferenciarnos de los demás; bien sean las mentes burguesas de nuestros mayores, o del resto de mentes vanguardistas de nuestros coetáneos. Un pasado infantil que ya hemos dejado atrás y apenas recordamos o evocamos, un presente emocionante y un futuro prometedor nos rodean.

Más adelante llega el pasado a la era adulta, principalmente marcado por la independencia económica y el comienzo de la vida laboral. Esas ideas vanguardistas y provocadoras comienzan a antojársenos un tanto naifs y, a nuestros nuevos ojos, inútiles para esta nueva vida. Muchas veces se habla de esa época como “idealista”, ya que el pragmatismo se instala ahora en nuestra vivienda. Ideas más conservadores nos pueblan, pues tenemos que preocuparnos por un futuro que nos condiciona en exceso y un presente que pretendemos extender indefinidamente. Nuestro propio pasado se nos presenta como ajeno, como de otra vida o de una película. En contraposición a la época anterior, buscamos la estabilidad y empezamos a resistirnos al cambio. Nuestras ideas ya no viven en apartamentos y lofts con cuatro muebles y una tele cutre, ahora se sientan en sofás de escay y miran a televisores de 40 pulgadas. El inmovilismo.



Por último, ya en la vejez, con hijos crecidos y viviendo su propia vida, con la época laboral terminada sin recompensas ni elogios (más allá de los del día de despedida en la oficina o el taller), muerta en el olvido de todos salvo el nuestro, y con un edificio que se empieza a venir abajo, cañerías obstruidas y fugas por todas partes, las ideas que nos habitan aún nos pueden reservar una última sorpresa. Por un lado, la decrepitud iniciada en la época anterior ha podido aumentar, de forma que al inmovilismo y sedentarismo mental se le pueden haber unido un conservadurismo extremo y una escasez económica, que siempre le quita lustre a uno. Visillos en las ventanas y tapetes encima de la televisión. La biblioteca cerrada con llave y fotos de comuniones.

Pero, ¿y si no es así? Puede ser que esa vivienda maltrecha no cobije a ideas de clase media en decadencia. Puede que, gracias al paso del tiempo, haya adquirido un cierto lustre de sabiduría y un aire de tiempos pasados que fueron mejores, como si nos encontráramos con un piso de techos altos y muebles modernistas en una calle con puestos de frutas y verduras y librerías de anticuario. Ahí, los últimos habitantes de la vivienda, quizá nos pudieran sorprender y permitirnos disfrutar de días lúcidos y soleados, viviendo por encima del bien y del mal, comprendiendo –y por lo tanto resignándonos- el mundo que nos rodea y mirando atrás a nuestro pasado, lo único que nos queda, con cálida alegría. Así al menos, subiríamos el precio del metro cuadrado.

jueves, octubre 07, 2010

La ascensión a la Cuesta del Cholo

Ahora que uno ya ha crecido y ya no vive en la ciudad que le vio crecer, volver siempre produce esa mezcla de sensaciones entre la emoción y el tedio. La emoción que suponen los reencuentros y el tedio que supone volver al sitio de donde uno marchó por alguna razón, y ver que esa(s) razones siguen allí. Pero eso no quita que no se pueda disfrutar del regreso a lo que siempre llamaremos casa, al menos hasta que tengamos una propia y la llenemos con algún hijo o algún animal, y entonces las visitas vengan a nosotros y no al revés, y sean los abuelos y no los hijos los que se muevan. Y como en cada visita, uno vuelve a los lugares habituales a reencontrarse con los que, ahora ya sabemos, serán los amigos de siempre.



Así que camino por el puerto deportivo hasta el final, hasta llegar a la Cuesta del Cholo. Una vez en la base diviso a mis amigos arriba, a unos cinco metros por encima de mi cabeza. Saludo con la mano y me devuelven el gesto. Para llegar hasta ellos tan sólo tengo que subir la corta rampa, pasando a través de varios grupos de gente que están tomando sidras, charlando o simplemente viendo a la gente pasar. Doy un paso hacia ellos y me encuentro con un antiguo compañero de carrera.

Digresión nº1: ¡La universidad! ¡Qué recuerdos! Cómo preparábamos los exámenes, pasando las tardes en la biblioteca y las noches también (cuando nos dejaban y abrían las salas de estudios del centro). Y recuerdo a los profesores, como no. Por ejemplo a la de Transmisión de Calor, y cómo nos reíamos de ella y sus despistes. Qué bueno volver a reencontrarme con mi pasado…

Estribillo: -¡Hombre! ¿Qué tal? ¿Cómo tú por aquí?
- ¡Ya ves! De visita.
- Viniste huyendo del calor, ¿no?
- Puf, ya te digo. Las dos últimas semanas han sido insoportables. Bueno, ¿y tú qué tal?
- Bien, currando. Con ganas de pillar las vacaciones. ¿Tú hasta cuándo te quedas?
- Hasta el lunes que viene. A ver si nos vemos.
- ¡Eso! A ver si quedamos un día de estos. ¡Adiós!

Continúo mi marcha siempre hacia adelante y siempre subiendo y avanzo otro poco, justo hasta que veo por el rabillo del ojo a dos compañeras de colegio, con las que hace trece años que no hablo, así que puedo pasar de largo.

Digresión nº2: Sin embargo no puedo evitar acordarme de aquellos años. El patio, las horas aburridas en clase haciendo dibujos y mirando por la ventana, si es que tenía una ventana cerca, las primeras veces que noté la diferencia entre chicos y chicas y los juegos dejaron de ser los de siempre, los policías y ladrones o las carreras de chapas de turno y empezamos a pasar los recreos charlando, aunque en realidad lo único que hacíamos era mirar de reojo a la chica que nos gustase en ese momento y soportar aquel jaleo interior que no alcanzábamos a comprender…

Al girarme para seguir avanzando, noto como el sol aprieta contra mi nuca, como si estuviese en el centro de un embudo reflectante y todos los rayos cercanos se concentraran en el remolino de mi coronilla. Encojo los ojos para afinar la vista y tres metros más adelante se me aparece un antiguo compañero de instituto sentado a una mesa con su novia y unas amigas.

Digresión nº3: Ahí están todos mis años de instituto, frente a mí. Recuerdo que pasaron con prisa, cansado de aquel mundo y con ganas de descubrir la universidad. Todavía hoy en día veo a alguna de aquella gente que me acompañó durante esos cuatro años y apenas logro sentir curiosidad por algunos de ellos; la mayoría me resultan indiferentes y su recuerdo empieza a difuminarse en mi memoria, no para hacer hueco a otros nuevos, sino simplemente para dejarme descansar…

Se levanta, nos damos un abrazo y comienza la conversación. 

Estribillo

Continúo la ascensión aunque ya empiezo a sentir el cansancio en mis piernas, incluso diría que el oxígeno empieza a faltar a estas alturas. Por un momento agradezco no llevar peso ya que voy sin mochila, pero de inmediato me asalta la duda de si necesitaré o no provisiones para el camino. Espero que me quede poco de ascensión. De pronto, a los escasos cuatro pasos una bicicleta se cruza en mi camino. Debido a mi agotamiento me ha costado echarme a un lado, y casi me atropella arruinando todo el esfuerzo hecho hasta ahora. Miro a la cara al ciclista y antes de que yo pueda protestar reconozco en él a un antiguo compañero de tenis.

Digresión nº4: El tenis, como no. Las clases a mediodía, soportando el calor del verano, el frío del invierno y los villancicos que ponían en la megafonía en cualquier momento del año. Recuerdo a los profesores que fueron amables con nosotros, casi uno más de la pandilla, y también recuerdo a los mal encarados y amargados, desagradables y bordes con nosotros porque no éramos lo suficientemente buenos. Recuerdo los partidos ganados, que fueron pocos y recuerdo menos aunque me pesan más las derrotas, muy superiores en número. De pronto cientos de pistas de tenis diferentes han aparecido en distintos rincones de mi memoria, y miles de pelotas de tenis vienen hacia mí, quedándose muy pocas en la red. No sé cómo haré para devolverlas todas porque eso sí, en mis recuerdos sólo hay una raqueta.

El chaval se baja de la bicicleta, me sonríe sin emoción y empezamos a hablar. 

Estribillo

Me despido de él y miro hacia arriba. El sudor recorre mi frente y mi cuello, y aunque parece que estoy cerca, a menos de cinco escalones, hay que reconocer que el trazado es duro y arriesgado. Podría fácilmente perder el equilibrio y caer al suelo, y es que la carga que en estos momentos estoy soportando, más de veinte años que sin avisar han aparecido en mi cabeza y hacen ruido y chirrían y brillan como si fueran de ayer es algo con lo que no contaba al principio. Decido no pensar y seguir adelante; no hay vuelta atrás, porque una vuelta atrás sería fatídica y tampoco puedo quedarme donde estoy, ya que no tengo víveres y no me puedo alimentar de la comida de mi madre por mucho que ahora la esté recordando tan vivamente que hasta la puedo oler. Finalmente cierro los ojos y trato de no pensar más; consigo llegar hasta mis amigos. Saludos, abrazos, estribillos, y un te veo cansado, amigo. Normal, tú también lo estarías. Ten en cuenta que después de esto ya sólo me quedan otros trece para subirlos todos.

viernes, octubre 23, 2009

Relevo generacional

Soy poco amigo de las etiquetas (a menos que se empleen para generalizar, tergiversar o criticar sin argumentos algún tema que desconozca), con lo que menos amigo soy aún de las llamadas “generaciones”. Que si X, que si baby boom, que si mileuristas, que si 2.0... no consigo ver más allá de segmentaciones de mercado, esas agrupaciones de individuos que hacen los departamentos de marketing de las empresas para que sus mensajes publicitarios sean más eficientes y directos.

Por ejemplo, la generación a la que pertenecemos está siendo públicamente asediada por decenas de marcas que empiezan sus anuncios con originales frases del palo “si eres de los que recuerdan a naranjito…”, “para los que crecimos con barrio sésamo…” o, más directamente, “¡puños fuera!”. No sé cómo nos llaman, pero lo que está claro es que nosotros crecimos y vivimos marcados por la televisión, vínculo de todas nuestras infancias y las de los que nacieron en años similares. Podría incluso decir que este vínculo nos une a gente de otros países que crecieron también con Chicho terremoto o Ana y Sergio, son ahora los enamorados. Quizás en eso nos diferenciamos a los españoles que nacieron diez años antes que nosotros, en que la televisión no marcó sus infancias tanto y que la televisión no estaba tan globalizada como en los ochenta. Ahora que lo pienso, en el segundo párrafo estoy aceptando lo que he rechazado en el primero. Bien. Mi disertación va como esperaba.

El caso es que ayer, por primera vez, fui consciente de que existe una nueva generación, siguiente a la nuestra, en plena edad activa. Fui consciente de que los adolescentes de hoy en día ya me tienen que ver como un pureta, o alguien pasado de moda, ajeno a su nuevo mundo; una persona con la que les costaría establecer ciertos vínculos básicos. Ellos están creciendo con Internet, de la misma forma que nosotros lo hicimos con la televisión. Un racionamiento muy básico y nada original, pero que no llegó a mi cabeza hasta hace unas horas.

El messenger, youtube, skype, etc., etc., nos resultan extraños en cierto sentido. Los vimos nacer, recordamos cómo era la vida sin ellos y por lo tanto, aunque nos adaptemos a ellos siempre nos quedará esa sensación, la de la adaptación. Los chavales a los que me refiero no conocen la vida sin ellos. Para ellos ha de ser algo inherente a la vida.

Tres señales tres, tuve en el mismo día que me revelaron este pensamiento. Primero leí un artículo que hablaba sobre el nuevo concepto de privacidad de los jóvenes, a los que no les preocupa que su imagen se difunda por Internet de la misma manera que a nosotros: “los jóvenes de hoy en día no se sienten expuestos ni vulnerados al ser publicada información privada suya de la misma manera que lo pueda hacer una persona en la treintena.” La primera en la frente.

Más tarde salí de compras, necesitaba algo de ropa para el invierno. Entré en pull&bears, h&ms y demás tiendas en vano. No comprendía qué clase de ropa había allí. No es que me gustase o dejase de hacerlo, es que simplemente no reconocía en qué se basa o a quién imita esa moda de chubasqueros de plástico morados y verdes y camisetas rosas. Me hice una nota mental de que estoy desconectado de la “última moda” y me fui a tomar un café vestido con la ropa de siempre.

La tercera señal me vino de la tele. Un programa de estos que van entrevistando por la calle a todo tipo de gente, y tocaron las nuevas tribus urbanas. Una colección de quinceañeros madrileños se definía como frikis, emos, fans del cosplay, emos que renegaban de los emos, emos de colores, gothic lolitas, pinups… y como denominador común todos citaban como fuente de inspiración y de información sobre esas subculturas a Internet en general, y youtube en particular. Sí vale, es un programa de televisión absolutamente descontextualizado y no representa a la mayoría de la población. Además, puedo aceptar que nosotros también hemos tenido contacto con esas tendencias: conocimos a Weezer, emos por excelencia, y aunque nos hayamos disfrazado toda la vida sin hablar de cosplay, sí que tenemos algunos amigos que así lo llaman. En definitiva, sabemos que estos términos no forman parte del vocabulario habitual de nuestra generación y además, lo que resulta nostálgico de veras, es que las tribus noventeras como los surferos y los grunges ya no existen, han pasado a la historia.

Pongo punto y final a esta especie de queja o protesta diciendo que poco importa todo lo aquí escrito, más allá de los estudios de mercado que pudiera alimentar. Sólo me quedo con una idea, y es que estos cabrones nos han robado dos cosas: la adolescencia, ya para siempre, y la fútil esperanza de la que disfrutamos, al igual que todas las generaciones anteriores, de que eramos nosotros los que íbamos a cambiar las cosas. Ya se nos acabó el tiempo, y todavía ni habíamos empezado.

miércoles, agosto 05, 2009

Los doce trabajos del srcocodrilo

Puede que se trate de un eraguay como cualquier otro, y cito al sabio Morvader para explicar qué es un eraguay:
Se trata de toda aquella actividad que se propone hacer un individuo o un colectivo, pero sabiendo de antemano que ésta no se va a realizar nunca por la razón que sea. Por ejemplo, "era guay la idea de moro colectivizar libros".
O puede que simplemente haya tenido demasiado tiempo libre estos últimos cinco meses, aunque que finalmente no me haya dado más que para un par de viajes, una veintena de libros, una treintena de películas y cuatro videojuegos.

El caso es que una vez más, me he prometido a mí mismo que voy a intentar realizar una lista de actividades, de esas que siempre tenemos ganas de hacer salvo cuando realmente podemos hacerlas. La volatilidad de la fuerza de voluntad debería analizarse. La diferencia este caso radica en que algunas de ellas son relativamente ambiciosas, y se podría decir que conforman un proyecto de vida. Esto no quiere que decir que querría morir al cumplirlas, pero desde luego me iría mucho más relajado.

Alguien dijo una vez que odiaba esos momentos en los que nos damos cuenta de que nuestra vida no es más que un tópico o una sucesión de ellos; pues bien, esta lista no es más que un intento de salir de esa monotonía (aunque sea a base de tópicos). 12 trabajos le cayeron a Heracles a cambio de pasar a la posteridad. 12 trabajos tiene que realizar un cocodrilo para tener la sensación de haber aprovechado su vida.


Correr una maratón.
Probablemente una de las pruebas o eraguays más factibles (si el dr. Alergia mantiene su propuesta, podría tachar esta prueba el año que viene.) La maratón representa la cumbre deportiva del ser humano (lo de subir catorce ochomiles lo dejo para Al filo de lo Imposible), y con ella podría dar por cumplidas mis aspiraciones deportivas, ahora que hace años que el tenis me abandonó.

Un doctorado. O si no en su defecto, dos carreras (y preferiblemente una de letras y una de ciencias). Esta prueba representa la cumbre de la educación o el conocimiento. Sé que hablo de cumbres muy subjetivas; espero que eso se sobreentienda.

Hablar 4 idiomas. Hago trampas en esta prueba, lo sé, teniendo en cuenta que me defiendo en tres. Sin embargo, una persona que pueda comunicarse en cuatro idiomas, relativamente extendidos, podría comunicarse sin necesidad de intérpretes con un porcentaje de la población mundial bastante alto, hagan la cuenta si quieren...

Visitar 5 países en cada continente. Oceanía se conquistaría con uno y la Antártida, de momento, está out of scope. Pienso que es una forma aproximada de definir la prueba de viaje.

Decir a mis padres que los quiero. No sé si puede parecer una broma. No lo es.

3 bibliografías, 3 discografías y 3 filmografías. Traducir la cultura que una persona posee a cifras es estúpido, aunque eso no quita que conocer a fondo la obra de tres artistas en los que probablemente sean los tres medios artísticos más importantes, teniendo en cuenta que las ramificaciones de obras y artistas que de aquí saldrían estarían incluidas también, pueda hacer que uno sepa que no está desperdiciando su vida en el aspecto cultural.

Escribir un relato. Lo mismo ocurre con la creatividad de una persona que con su nivel cultural, que ni se puede medir ni tendría sentido una medida del mismo. No obstante, escribir un relato completo, definido y terminado es un reto más que tengo en la lista.

Aprender a tocar un instrumento musical. Este es uno de los eraguays más repetidos del mundo, pero la música pasa por ahí.

Vivir un año en tres países diferentes. Siempre he dicho que tenemos que tratar de vivir temporadas en diferentes ciudades, y a ser posible de diferentes países y culturas. Es un problema de estadística, nada más. Vivir toda una vida en una misma ciudad, hoy en día, es un desperdicio. La especie humana nos ofrece muchas sociedades diferentes como para limitarnos a conocer sólo una.

Tener un hijo. Desde luego que este es uno de los trabajos que más lejos queda, pero por ahora sigo pensando que la paternidad es el mayor proyecto que puede afrontar un ser humano en su vida. El más enriquecedor y el más desafiante.

Dirigir un grupo de trabajo. No tengo grandes aspiraciones laborales, ni de salario, ni de poder. También soy consciente de mis límites y de los del entorno. De todas formas, ya que estamos obligados a dedicar el mejor tiempo de nuestra vida a trabajar, ejecutar correctamente un proyecto como responsable del mismo, demostrar que puedo confiar en los demás y hacer saber a los demás que pueden confiar en mí, es la meta que me pongo por ahora.

Volar. El gran sueño del hombre. Me aceptaría esta prueba a mí mismo tanto si pilotara yo una aeronave, como si me lanzara en paracaídas. No me gustaría morirme sin haber realizado alguna de las dos.

miércoles, enero 02, 2008

Entrando el 2008 por el pasillo lleno de bolas de polvo

Ya estoy aquí. Salamanca no me ha tocado aún con su dedo milagroso y sigo con un catarro del quince, una montaña de kleenex de un palmo de alto adorna la mesilla, son las dos y no pienso ir a trabajar, maldigo el día que decidimos "Salir de bar" en vez de hacer lo que hacen los hombres, quedarse en casa de algún amigo acatarrable viendo El retorno del Jedi. Lo peor fue el viaje, con un par de cubanos delante mío que subieron bebiendo sendos cacharros y que olían a choto, percepción ésta que fui perdiendo a medida que mi nariz se convertía en un surtidor activado por la fuerza de la gravedad, allá por Benavente ya no era más que media persona. Cuando llegué a casa, la casa que con esfuerzo y denuedo había recogido, barrido, cuyas bolsas de basura había tirado a la papelera, cuya nevera había vaciado de trozos de carne en avanzado estado de descomposición, me la encuentro hecha un cristo, maletas abiertas en el salón, platos sucios en la cocina, ropa tirada por el suelo, sujetadores colgando y ninguna mujer a la que una vez cubrieran durmiendo borracha y desnuda en el sofá. Como me decía el novio irlandés de mi compañera noruega filóloga hispánica, no "esperaban a nadie tan pronto", a las dos de la tarde de hoy me lo volví a encontrar para activarle el filtro de internet, imaginaos a un bigardo de dos metros de ancho y unos seis de profundidad dictándome una dirección mac en plan "Charlie oucho Delta Bravou Cuatrou", yo con mis ojeras y mis fluidos pingando y en unos calzoncillos coloridos por los que asomaba Gizmo diciendo "Hola" al menor meneo. Deliro. Pero de la buena manera.
En fin. Algún día colgaré mi lista de discos. O algo. Feliz entrada de año a todos.

jueves, agosto 23, 2007

Blablah... blablah... blablah...

Estoy de vuelta en la Ch.A.R.R., aunque las chicas de Castilla no me hacen gritar que Zamorgia está siempre en mis pensamientos, más que nada por que estamos en agosto y aquí sigue sin haber nadie por la calle. El tiempo milagroso de la meseta ya borró mis mocos, supongo que hasta la próxima vez que vuelva al Norte. De todos modos ayer declaré unilateralmente el fin del verano, con el único objetivo de poder hacer cocidos con chorizo sin sentirme culpable. ¿Acaso no he mencionado los dos paquetes de chorizos, grasientos, apetitosos y del país que guardo en mi maleta? La maleta sigue sin deshacer. Tengo grifos nuevos. Planeo apuntarme a un curso de japonés. Este fin de semana veré TMNT, presumiblemente solo.
Como voy a echar de menos las vacaciones.