martes, octubre 27, 2015

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker

Allá por 2013, miles de lectores compraron el libro ignorantes de la trampa que se había preparado. Todas las señales apuntaban en una misma dirección. El Babelia y otras publicaciones literarias y culturales lo recomendaban, las escasas emisiones de radio y televisión que hablan de libros se hacían eco, las librerías lo ponían en primera fila, Alfaguara lo consideraba su publicación extranjera de la temporada, en Francia le habían concedido premios serios (el premio Goncourt de jóvenes escritores y el premio de novela de la Academia francesa) y la portada del libro mostraba un cuadro de Hopper taaaan evocador… De poco sirvió que algunas publicaciones como el ABC advirtieran de la trampa, o que la blogosfera (en 2013 todavía existía la palabra blogosfera) avisara. La verdad sobre el caso Harry Quebert engañó a miles de lectores indefensos.

Millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Rumores acerca de una cifra exorbitante pagada por Penguin para hacerse con los derechos y distribuirla en el mercado sajón. Comparaciones con Nabokov y Roth. Todo esto hace que las expectativas suban muy alto. Sobra decir que tras subir tan alto, la caída duele.

Pero, ¿si todo esto pasó en 2013 por qué, entonces, escribir sobre este tema ahora?

Para no olvidar. Para prevenir.

Y ahora precaución, spoilers.


La verdad sobre el caso Harry Quebert tarda más de ochocientas páginas en contarnos cómo Marcus Goldman, joven prodigio de la literatura que ha arrasado en ventas con su primer libro, acude en busca de refugio a su profesor y mentor, el gran Harry Quebert, al sufrir la crisis de la página en blanco ante la presión de su segunda novela. Durante su estancia con Harry, Marcus descubre que éste tuvo, treinta años atrás, una relación con una menor. Al poco tiempo, encuentran el esqueleto de la misma enterrado en el jardín de Harry y éste es acusado de asesinato.

El relato avanza gracias a Marcus metido a detective para salvar a su amigo injustamente acusado, gracias a que Marcus nos recuerda su relación con Harry en los años de universidad, y gracias a que Marcus interroga a los habitantes del pueblecito de Aurora acerca de los hechos ocurridos alrededor de la muerte la joven Nola Kellergan; estos nos sorprenden al tener una memoria de elefante y recordar, minuto a minuto, aquellos días de 1975. Gracias a sus testimonios, Marcus irá construyendo su novela, una novela que el lector cree estar leyendo (leo la novela que el protagonista de la novela está escribiendo… Y lo he pillado, ¡guay!).

Pero la novela no se sostiene por ningún lado. Lo siento.

Primero, hay que soportar a los personajes planos y estereotipados. El editor qué sólo busca hacer dinero y desprecia la calidad literaria, la camarera del bar que vive una vida frustrada por no haberse atrevido jamás a abandonar el aburrido pueblo de Aurora, el policía enamorado de la camarera dispuesto a todo por acompañarla en el baile, el ricachón del pueblo que oculta un oscuro secreto, el ayudante deforme del ricachón del pueblo que parece malo pero tiene un corazón de mazapán… Hay villanos de Scooby Doo que han necesitado de más horas para inventarse.

Y segundo, estamos ante una novela tramposa. Los giros del guión, esos cliffhangers que rematan cada uno de los 31 capítulos sorprendiendo al lector, que a su vez descubre la historia a través del testimonio de uno de los personajes, no son creíbles. Es imposible que los personajes del libro pasen por alto ciertos datos que se nos omiten, para así asegurar la sorpresa durante la lectura. Por ejemplo, el mayor giro del guión, consiste en descubrir que la madre de la pequeña Nola, que aparentemente le pegaba a diario, en realidad había muerto años atrás. Era Nola, ¡NOLA! La que se auto infringía los golpes, presa de un trauma. Sin embargo, cuesta creer que los protagonistas sean incapaces de verificar este dato durante cuatrocientas páginas en las que transcurren varios meses de pesquisas policiales e interrogatorios a medio pueblo.

Por otro lado, la comparación con Nabokov resulta hiriente. Hay que aceptar que esto:
N-O-L-A. Cuatro letras que había conmocionado su mundo. Nola, esbozo de mujer por el que había perdido la cabeza desde que la vio. N-O-L-A.
Se acerca a esto:
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
¿Homenaje? Vale. ¿Comparable? Dos frases no bastan para comparar ambas novelas, pero las editoriales deberían tener algo de respeto por los clásicos a la hora de escribir las contraportadas.

Y la comparación con Roth ruboriza. Se supone que Harry Quebert escribió su obra maestra titulada Los orígenes del mal, fruto de su amor prohibido por Nola. Y Joël (al que a estas alturas ya no llamaré Dicker, sino Dickest), se anima y nos deja algunos pasajes de esta obra ficticia que se supone es reconocida como una obra maestra de la literatura norteamericana:
Querido mío:
Sé que no me quiere. Pero yo le querré siempre.
Aquí tiene una foto de los pájaros que tan bien dibuja, y una foto nuestra para que no me olvide nunca.
Sé que no quiere verme más. Pero, al menos, escríbame. Sólo una vez. Sólo unas pocas palabras para tener un recuerdo suyo.
No le olvidaré nunca. Es la persona más extraordinaria que he conocido.
Le querré siempre.
Y aquí llega la gran revelación de este libro, la razón que he tenido que encontrar para no maldecirme por haber llegado hasta el final, el pensamiento que espero persiga a Dickest en sus noches de desvelo para así compensar el agravio: Joël, un escritor que no es capaz de escribir una obra maestra, tampoco es capaz de imaginarla.

Ah, y por cierto, el decorado de fondo compuesto por una suma de clichés sobre la tranquila vida a la americana en un pueblecito de la costa Este no es Americana.

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