Pero al reptil que escribe el año que termina le sabe a poco, no le salen las cuentas. Le ha faltado tiempo. Le han quedado en el tintero unas cuantas historias por contar: La entrega de premios de la Virtua Bartolo Racing League, una historia de grillos, un curso de escritura de best sellers, terminar la historia de R.O.G.E.L.I.O., el robot melómano que todos querríamos tener como amigo. En fin, que parece que el año que viene seguiremos por aquí, contando las mismas historias. O no.
jueves, diciembre 24, 2009
Un año menos
Otro año que tiramos por encima del hombro, así como una botella vacía de la que ya poco se puede sacar. Si acaso aún quedan un par de cenas, o comidas, dos borracheras más al fin y al cabo, pero al menos de esas reposadas que se disfrutan en familia, y que todos los años acaban evocando las mismas anécdotas de cuando tenías tres años y dejaste lo dientes en un muro por no girar tu triciclo, o le robaste las bragas a tu hermana, o te perdiste en la Alhambra y no te encontraron en dos horas... Nostalgia, le dicen.
Pero al reptil que escribe el año que termina le sabe a poco, no le salen las cuentas. Le ha faltado tiempo. Le han quedado en el tintero unas cuantas historias por contar: La entrega de premios de la Virtua Bartolo Racing League, una historia de grillos, un curso de escritura de best sellers, terminar la historia de R.O.G.E.L.I.O., el robot melómano que todos querríamos tener como amigo. En fin, que parece que el año que viene seguiremos por aquí, contando las mismas historias. O no.
Pero al reptil que escribe el año que termina le sabe a poco, no le salen las cuentas. Le ha faltado tiempo. Le han quedado en el tintero unas cuantas historias por contar: La entrega de premios de la Virtua Bartolo Racing League, una historia de grillos, un curso de escritura de best sellers, terminar la historia de R.O.G.E.L.I.O., el robot melómano que todos querríamos tener como amigo. En fin, que parece que el año que viene seguiremos por aquí, contando las mismas historias. O no.
sábado, diciembre 19, 2009
Qué bien te lo montas, Beck
Beck es uno de los primeros músicos que el dr. Alergia y yo escuchamos en nuestras vidas adolescentes, de esos que podríamos calificar de “modernos”. Musicalmente empezamos (descontando cintas de zapato veloz y cd’s de Roxette, en las que todo rapaz puede pecar) por lo fácil, lo que teníamos en casa: Stones, Queen, Beatles, Doors, nada que nos os podáis esperar. Pasaron algunos años hasta que nuestros gustos se fueron definiendo, Radio 3 apareciera en nuestros diales, y el tito Avalon nos educara con su sapiencia y gusto. Fueron años duros, dijo él con la mirada perdida en el horizonte.
Pero Beck ahí estaba casi desde el principio. Probablemente empezamos con Loser, el single que lo lanzó a la fama, yo luego recuerdo aquella canción con aire de bossanova del Mutations, y el Midnite Vultures, el primer y único disco original que de él me compré. Más tarde llegaría a mis manos una copia que aún conservo (durante la época en que nos esforzábamos por hacer fotocopias en color de la portada y contraportada) del Odelay, disco anterior al Vultures, pero igual de potente (aunque con más toques hiphoperos y menos disco). Le teníamos ganas, al bueno de Beck. Por aquella época empezábamos a ver la luz, y el angelino y el Things to make and do de Moloko, eran dos de las bombillas que más brillaban. Y entonces nos la metió. Hasta dentro.
Doctor Music 2000, en La Morgal. Pet Shop Boys, Paul Weller, Lou Reed (dejad que me olvide de los conciertos de Dover, M-Clan, la Bloodhound Gang y Molotov, por favor) y como no, nuestro amigo. Menudo, chupado, con la cara pálida y puede que incluso maquillada y sus piernillas enclenques, dio uno de los mejores conciertos del festival. Flipamos. Luego lo volvimos a ver tres años después en el Benicassim, y ahí ya pudimos ejercer de modernos con el consabido a mí me gustó más en el Doctor, cuando no lo conocía tanta gente.
A partir de ese momento yo ya le perdí un poco la cuenta, y el dr. Alergia podrá hablar con más conocimiento. Publicó el Sea Changes, el Güero, The Informant y Modern Guilt, y se paseó por el folk, el disco, el hip hop y por todo lo que le dejaron. Al margen de gustos, el tipo es de lo más interesante que yo he escuchado en las dos décadas musicales que me conozco.
¿Y ahora qué? Pues ahora se saca de la manga algo que le ha dado por llamar Record Club, que viene a ser algo así como me reúno con mis colegas, hacemos el pijo, cantamos lo que nos sale de la punta y lo grabamos. Sólo dos apuntes. El primero es que cada día que se junta con sus amigos, entre pijada y pijada graban un disco completo, sin ensayos previos. De la primera a la última canción. El segundo es que sus amigos no son una mala pandilla con la que juntarse para grabar un disco: Devendra Banhart, Nigel Godrich, MGMT, Wolfmother, Feist, Wilco… así yo también grabo discos, coño.
¿Y qué se ha grabado? Pues por ahora lleva dos, y está por el tercero. Y qué dos. Aquí la pandilla no se la ha jugado (o sí), y han optado por versionar dos clásicos básicos a saber, The Velvet Underground & Nico, y The Songs of Leonard Cohen, de los cuáles os dejo sendos links para que los disfrutéis, a pesar de que me esté convirtiendo en un criminal peligroso. Si viviera en vuestras ciudades os dejaría que los copiarais de mi disco duro y entonces no habría problema para mí, aunque los criminales podríais ser vosotros, no sé, quizás os podría grabar el disco en un cd, o en un casette…¿eso sería delito? Entonces, ¿el delito está en la cantidad de copias que ofreces? Porque en ese caso, con los niveles de audiencia del Bartolo no corremos ningún peligro. Una pregunta, ¿si os dejo un libro para que lo leáis y os ahorro el comprarlo estoy cometiendo un acto de piratería? ¿Las bibliotecas son las arcas del tesoro de los piratas? Bueno, que me lío yo sólo. Simplemente espero que me paguéis lo que me debéis por pasaros el cd, creo.
Cada uno generará su propia opinión aleatoria sobre los discos, los haya escuchado o no, pero creo que como poco, merecen la escucha. A mi juicio el resultado es algo irregular, pero partiendo de la base de que han escogido discos donde todas, todas, todas las canciones son sublimes, la cosa no puede ir tan mal. Aunque no sepas de vinos, gastándote cincuenta euros en una botella piensas que no puedes fallar, pues esto es algo parecido.
Mi compañera de piso entró el otro día en casa y al escuchar el So long, Marianne, protestó vagamente, algo así como que si no habían encontrado otra canción que destrozar. Puede que tenga razón, puede que yo sea un esnob, pero en ese caso todo va bien; seguro que el año que viene alguien llamará a mi puerta para ofrecerme ser jurado en un festival de cine.
Pero Beck ahí estaba casi desde el principio. Probablemente empezamos con Loser, el single que lo lanzó a la fama, yo luego recuerdo aquella canción con aire de bossanova del Mutations, y el Midnite Vultures, el primer y único disco original que de él me compré. Más tarde llegaría a mis manos una copia que aún conservo (durante la época en que nos esforzábamos por hacer fotocopias en color de la portada y contraportada) del Odelay, disco anterior al Vultures, pero igual de potente (aunque con más toques hiphoperos y menos disco). Le teníamos ganas, al bueno de Beck. Por aquella época empezábamos a ver la luz, y el angelino y el Things to make and do de Moloko, eran dos de las bombillas que más brillaban. Y entonces nos la metió. Hasta dentro.
Doctor Music 2000, en La Morgal. Pet Shop Boys, Paul Weller, Lou Reed (dejad que me olvide de los conciertos de Dover, M-Clan, la Bloodhound Gang y Molotov, por favor) y como no, nuestro amigo. Menudo, chupado, con la cara pálida y puede que incluso maquillada y sus piernillas enclenques, dio uno de los mejores conciertos del festival. Flipamos. Luego lo volvimos a ver tres años después en el Benicassim, y ahí ya pudimos ejercer de modernos con el consabido a mí me gustó más en el Doctor, cuando no lo conocía tanta gente.
A partir de ese momento yo ya le perdí un poco la cuenta, y el dr. Alergia podrá hablar con más conocimiento. Publicó el Sea Changes, el Güero, The Informant y Modern Guilt, y se paseó por el folk, el disco, el hip hop y por todo lo que le dejaron. Al margen de gustos, el tipo es de lo más interesante que yo he escuchado en las dos décadas musicales que me conozco.
¿Y ahora qué? Pues ahora se saca de la manga algo que le ha dado por llamar Record Club, que viene a ser algo así como me reúno con mis colegas, hacemos el pijo, cantamos lo que nos sale de la punta y lo grabamos. Sólo dos apuntes. El primero es que cada día que se junta con sus amigos, entre pijada y pijada graban un disco completo, sin ensayos previos. De la primera a la última canción. El segundo es que sus amigos no son una mala pandilla con la que juntarse para grabar un disco: Devendra Banhart, Nigel Godrich, MGMT, Wolfmother, Feist, Wilco… así yo también grabo discos, coño.
¿Y qué se ha grabado? Pues por ahora lleva dos, y está por el tercero. Y qué dos. Aquí la pandilla no se la ha jugado (o sí), y han optado por versionar dos clásicos básicos a saber, The Velvet Underground & Nico, y The Songs of Leonard Cohen, de los cuáles os dejo sendos links para que los disfrutéis, a pesar de que me esté convirtiendo en un criminal peligroso. Si viviera en vuestras ciudades os dejaría que los copiarais de mi disco duro y entonces no habría problema para mí, aunque los criminales podríais ser vosotros, no sé, quizás os podría grabar el disco en un cd, o en un casette…¿eso sería delito? Entonces, ¿el delito está en la cantidad de copias que ofreces? Porque en ese caso, con los niveles de audiencia del Bartolo no corremos ningún peligro. Una pregunta, ¿si os dejo un libro para que lo leáis y os ahorro el comprarlo estoy cometiendo un acto de piratería? ¿Las bibliotecas son las arcas del tesoro de los piratas? Bueno, que me lío yo sólo. Simplemente espero que me paguéis lo que me debéis por pasaros el cd, creo.
Cada uno generará su propia opinión aleatoria sobre los discos, los haya escuchado o no, pero creo que como poco, merecen la escucha. A mi juicio el resultado es algo irregular, pero partiendo de la base de que han escogido discos donde todas, todas, todas las canciones son sublimes, la cosa no puede ir tan mal. Aunque no sepas de vinos, gastándote cincuenta euros en una botella piensas que no puedes fallar, pues esto es algo parecido.
Mi compañera de piso entró el otro día en casa y al escuchar el So long, Marianne, protestó vagamente, algo así como que si no habían encontrado otra canción que destrozar. Puede que tenga razón, puede que yo sea un esnob, pero en ese caso todo va bien; seguro que el año que viene alguien llamará a mi puerta para ofrecerme ser jurado en un festival de cine.
lunes, diciembre 14, 2009
Ya vuela el A 400M
El avión de transporte más grande que se haya ensamblado en España, el proyecto más ambicioso en el que ha tomado parte la aeronáutica patria, por fin ha despegado. Ha costado, pero tras una larga espera y unos últimos tres años de tensa incertidumbre, la familia de aviones española ya tiene un nuevo hermano. Más grande que cualquier otro.
Pero yo no voy a escribir para relataros las bondades de la aeronave, ni las especificaciones técnicas que seguro la Wikipedia ya conoce al dedillo; tampoco voy a excederme en imágenes aunque si me permitiré colgar un vídeo de su espectacular despegue (el piloto lo calificó de sparkling, un tal Mr Armstrong –con ese nombre tiene que ser buen piloto seguro, de hecho tiene que ser bueno en todo). Yo quiero escribir para quejarme, ya que si Javier Marías tiene derecho a quejarse una vez a la semana en público, por qué no el resto de nosotros.
El caso es que desde el viernes 11 de diciembre, fecha en la que realizó el primer vuelo, no he leído en la prensa española más que quejas. ¿Que de qué se quejan? Pues de que ha sido un proyecto muy costoso, que lo va a ser más aún, que lleva dos años de retraso, que los gobiernos no tienen claro si seguir adelante con el proyecto o no… En fin, que cualquiera no diría que el avión lo han volado los franceses y lo único que queremos es arruinarles la celebración.
No se puede negar que el proyecto ha tenido (y tiene) grandes inconvenientes que superar: sobrecostes y retrasos en la fabricación, han encarecido y retrasado notablemente el desarrollo planificado del A 400M, si bien es cierto que en aeronáutica, los plazos de tiempo y las planificaciones son muy relativas. Por poner dos ejemplos próximos, el A 380, el famoso superjumbo europeo en el que también participó España aunque de forma no tan notable, se retrasó más de dos años y el Boeing 787 Dreamliner, el esperado nuevo desarrollo de la aeronáutica americana, se esperaba que volase en Septiembre de 2007 y a fecha de hoy todavía no ha sido capaz. ¿Quiere decir esto que la situación del avión de transporte ya no es preocupante? En absoluto, simplemente es un intento de reflejar la problemática del mundo aeronáutico.
Lo que un cocodrilo no es capaz de entender, es por qué la clase política nacional hace gala de un silencio inquietante. El día que el A 380 voló, Chirac, Blair, Schroeder y Zapatero hablaron de las maravillas del nuevo avión, y la prensa mundial se rindió ante la evidencia. Estoy seguro de que los americanos harán lo propio el día que su B787 vuele, y demuestre que aviones fabricados con un 50% de materiales compuestos pueden ahorrar hasta un 20% de combustible. Mientras tanto, en la villa hispalense, el rey y la ministra de defensa presenciaron el vuelo y el resto de la clase política europea calló.
Y lo que menos aún puede entender un reptil, es a qué se debe la actitud de la prensa española, tirando piedras contra su propio tejado. Sin distinciones de grupos mediáticos, tanto los afines al PSOE como los contrarios, la gran mayoría de los medios de comunicación apenas se hizo eco de la noticia, y además lo hizo en un tono casi de reproche. ¿Acaso no son conscientes del hito que representa? El más complejo proyecto de la ingeniería de transporte en el que hemos trabajado (o al menos colaborado con tal presencia, casi un 20% del total de carga trabajo), y no sabemos más que renegar del proyecto.
La situación resulta más lastimosa este año, en el que tanto políticos como prensa se pasan el día hablando de “cambiar el modelo productivo nacional”. Qué querrán decir con eso, lo ignoro. Probablemente se refieren a que nos hagamos todos futbolistas y modelos de lencería, quién sabe. Pero es una lástima, ya que nada mejor que hacer publicidad de este avión para promocionar el trabajo técnico cualificado que se hace este país. Igualmente ocurre con tantos otros sectores industriales o científicos españoles, ninguneados por la media.
España es un país de cariz no-belicista, en comparación con otros países de occidente. Esto nos ha costado y nos cuesta figurar relegados en el plano internacional por detrás de otros países menos poblados, menos ricos y con menor presencia internacional, y además la entrada a grupos exclusivos (G8, G14, Consejo de Seguridad de la ONU…) nos es vetada por esto. Ignoro si de paso, la reticencia a hablar del A 400 M se debe a que la M es de Military, podría ser. Desgraciadamente, la industria y la ciencia aeroespaciales están íntimamente ligadas al sector militar. De todas formas mucho me temo que esto poco o nada tiene que ver, y sospecho que en este país nuestro, simplemente, eventos así simplemente se consideran aburridos, si es que siquiera se los tiene en cuenta.
Pero yo no voy a escribir para relataros las bondades de la aeronave, ni las especificaciones técnicas que seguro la Wikipedia ya conoce al dedillo; tampoco voy a excederme en imágenes aunque si me permitiré colgar un vídeo de su espectacular despegue (el piloto lo calificó de sparkling, un tal Mr Armstrong –con ese nombre tiene que ser buen piloto seguro, de hecho tiene que ser bueno en todo). Yo quiero escribir para quejarme, ya que si Javier Marías tiene derecho a quejarse una vez a la semana en público, por qué no el resto de nosotros.
El caso es que desde el viernes 11 de diciembre, fecha en la que realizó el primer vuelo, no he leído en la prensa española más que quejas. ¿Que de qué se quejan? Pues de que ha sido un proyecto muy costoso, que lo va a ser más aún, que lleva dos años de retraso, que los gobiernos no tienen claro si seguir adelante con el proyecto o no… En fin, que cualquiera no diría que el avión lo han volado los franceses y lo único que queremos es arruinarles la celebración.
No se puede negar que el proyecto ha tenido (y tiene) grandes inconvenientes que superar: sobrecostes y retrasos en la fabricación, han encarecido y retrasado notablemente el desarrollo planificado del A 400M, si bien es cierto que en aeronáutica, los plazos de tiempo y las planificaciones son muy relativas. Por poner dos ejemplos próximos, el A 380, el famoso superjumbo europeo en el que también participó España aunque de forma no tan notable, se retrasó más de dos años y el Boeing 787 Dreamliner, el esperado nuevo desarrollo de la aeronáutica americana, se esperaba que volase en Septiembre de 2007 y a fecha de hoy todavía no ha sido capaz. ¿Quiere decir esto que la situación del avión de transporte ya no es preocupante? En absoluto, simplemente es un intento de reflejar la problemática del mundo aeronáutico.
Lo que un cocodrilo no es capaz de entender, es por qué la clase política nacional hace gala de un silencio inquietante. El día que el A 380 voló, Chirac, Blair, Schroeder y Zapatero hablaron de las maravillas del nuevo avión, y la prensa mundial se rindió ante la evidencia. Estoy seguro de que los americanos harán lo propio el día que su B787 vuele, y demuestre que aviones fabricados con un 50% de materiales compuestos pueden ahorrar hasta un 20% de combustible. Mientras tanto, en la villa hispalense, el rey y la ministra de defensa presenciaron el vuelo y el resto de la clase política europea calló.
Y lo que menos aún puede entender un reptil, es a qué se debe la actitud de la prensa española, tirando piedras contra su propio tejado. Sin distinciones de grupos mediáticos, tanto los afines al PSOE como los contrarios, la gran mayoría de los medios de comunicación apenas se hizo eco de la noticia, y además lo hizo en un tono casi de reproche. ¿Acaso no son conscientes del hito que representa? El más complejo proyecto de la ingeniería de transporte en el que hemos trabajado (o al menos colaborado con tal presencia, casi un 20% del total de carga trabajo), y no sabemos más que renegar del proyecto.
La situación resulta más lastimosa este año, en el que tanto políticos como prensa se pasan el día hablando de “cambiar el modelo productivo nacional”. Qué querrán decir con eso, lo ignoro. Probablemente se refieren a que nos hagamos todos futbolistas y modelos de lencería, quién sabe. Pero es una lástima, ya que nada mejor que hacer publicidad de este avión para promocionar el trabajo técnico cualificado que se hace este país. Igualmente ocurre con tantos otros sectores industriales o científicos españoles, ninguneados por la media.
España es un país de cariz no-belicista, en comparación con otros países de occidente. Esto nos ha costado y nos cuesta figurar relegados en el plano internacional por detrás de otros países menos poblados, menos ricos y con menor presencia internacional, y además la entrada a grupos exclusivos (G8, G14, Consejo de Seguridad de la ONU…) nos es vetada por esto. Ignoro si de paso, la reticencia a hablar del A 400 M se debe a que la M es de Military, podría ser. Desgraciadamente, la industria y la ciencia aeroespaciales están íntimamente ligadas al sector militar. De todas formas mucho me temo que esto poco o nada tiene que ver, y sospecho que en este país nuestro, simplemente, eventos así simplemente se consideran aburridos, si es que siquiera se los tiene en cuenta.
jueves, diciembre 10, 2009
¡Que entre la siguiente semana!
Una semana complicada, ajetreada, de esas que necesitas que pasen rápido pero se empeñan en no acabar, puede empezar tranquilamente el lunes en que te das cuenta de que el primer proyecto del que te nombran responsable en tu trabajo, va a necesitar dos semanas más de lo previsto para terminarse. Así podría empezar una semana liosa pero claro, necesitas algo más para poder llamarla así.
Por ejemplo, yo añadiría un curso de veinte horas a repartir en cinco tardes, a cuatro horas la tarde. Cojamos cuatro tardes para esta semana dichosa (dejemos el primer día, el de presentación, para la semana anterior), y nos quedamos con que para el lunes, martes, jueves y viernes tenemos ya comprometidas doce horas antes de empezar.
Como el miércoles queda un poco libre, metamos un viaje de trabajo a Madrid para conocer a la gente que desde allí está metida en nuestro mismo proyecto. Uno se levanta a las seis de la mañana y vuelve a las siete aunque vale, el AVE dura cinco horas entre ida y vuelta y ahí podemos descansar. Pero no lleguemos al miércoles tan pronto, ¿qué tal si un día antes nos quedamos sin bombona de butano a media ducha a las siete de la mañana?
Bueno, ahora ya estamos en Madrid el miércoles. Una verdadera lástima que nada más llegar nos digan que las personas que queríamos conocer han anticipado el puente y se han ido de vacaciones, sin avisar ni nada. Miras el reloj, y te lamentas por las cuatro o cinco vueltas que le acabas de regalar.
Pero sigamos, que la acción no espera. Ahora decides llamar a tu jefe para decirle que en Madrid no vas a poder resolver ni una sola de tus dudas, pero tu teléfono se interpone entre los dos y te dice que no reconoce la tarjeta, que no tiene nada ver con ella, que no hablan el mismo idioma, y que cualquier aspecto que los relacione o que puedan tener en común es pura coincidencia. En definitiva, que no reconoce la tarjeta y que vayas a una tienda a que te la cambien.
De vuelta a Sevilla, esa fantástica tarde que tenías libre y que tan bien ibas a aprovechar, se convierte en una búsqueda de una tienda de móviles. La encuentras, le sonríes a la dependienta y cuando ella te mira con indiferencia ya no sientes el peligro que se avecina, simplemente notas al destino sonriendo de oreja a oreja a tu espalda y no te importa. Le preguntas a la tipa si te puede copiar la agenda de contactos a la nueva tarjeta, y te responde sin alzar la vista y con voz lacónica tras apretar un botón verde de la maquinita: Ahora ya no.
De vuelta a casa, con tu flamante tarjeta desmemoriada, descubres tus regalos de Navidad, los que te van a hacer dentro de veinte días, así por azar, buscando algo que ya has olivado qué era aunque probablemente fuese una agenda de contactos que nunca existió.
El jueves llega una buena noticia, vas al baño. Esperar este momento desde el lunes no ha sido de tu agrado, pero parece que el resto de la semana tu tubo digestivo descansa. Por cierto, la bombona sigue vacía. De camino al trabajo, te llaman del hospital para preguntarte por qué no has ido a la prueba que te iban a hacer el miércoles por la mañana, esa para la que has tenido que esperar ocho meses en la lista de espera. Obviamente les dices que estabas en Madrid en un viaje muy importante.
Y el viernes, cuando hablas con tu madre por teléfono, le preguntas dónde puede estar una libretita que tenías con todos los números de teléfono de tus amigos apuntados y te responde que no sabe, que se debió perder en la última mudanza, aquella que hicimos en el 96. Luego ella te pregunta qué tal ha ido tu semana y ya, por fin, sabiendo que el fin de semana es lo único que te separa de la próxima semana, no puedes evitar reírte.
PS, Mandadme vuestros números de teléfono, por favor.
Por ejemplo, yo añadiría un curso de veinte horas a repartir en cinco tardes, a cuatro horas la tarde. Cojamos cuatro tardes para esta semana dichosa (dejemos el primer día, el de presentación, para la semana anterior), y nos quedamos con que para el lunes, martes, jueves y viernes tenemos ya comprometidas doce horas antes de empezar.
Como el miércoles queda un poco libre, metamos un viaje de trabajo a Madrid para conocer a la gente que desde allí está metida en nuestro mismo proyecto. Uno se levanta a las seis de la mañana y vuelve a las siete aunque vale, el AVE dura cinco horas entre ida y vuelta y ahí podemos descansar. Pero no lleguemos al miércoles tan pronto, ¿qué tal si un día antes nos quedamos sin bombona de butano a media ducha a las siete de la mañana?
Bueno, ahora ya estamos en Madrid el miércoles. Una verdadera lástima que nada más llegar nos digan que las personas que queríamos conocer han anticipado el puente y se han ido de vacaciones, sin avisar ni nada. Miras el reloj, y te lamentas por las cuatro o cinco vueltas que le acabas de regalar.
Pero sigamos, que la acción no espera. Ahora decides llamar a tu jefe para decirle que en Madrid no vas a poder resolver ni una sola de tus dudas, pero tu teléfono se interpone entre los dos y te dice que no reconoce la tarjeta, que no tiene nada ver con ella, que no hablan el mismo idioma, y que cualquier aspecto que los relacione o que puedan tener en común es pura coincidencia. En definitiva, que no reconoce la tarjeta y que vayas a una tienda a que te la cambien.De vuelta a Sevilla, esa fantástica tarde que tenías libre y que tan bien ibas a aprovechar, se convierte en una búsqueda de una tienda de móviles. La encuentras, le sonríes a la dependienta y cuando ella te mira con indiferencia ya no sientes el peligro que se avecina, simplemente notas al destino sonriendo de oreja a oreja a tu espalda y no te importa. Le preguntas a la tipa si te puede copiar la agenda de contactos a la nueva tarjeta, y te responde sin alzar la vista y con voz lacónica tras apretar un botón verde de la maquinita: Ahora ya no.
De vuelta a casa, con tu flamante tarjeta desmemoriada, descubres tus regalos de Navidad, los que te van a hacer dentro de veinte días, así por azar, buscando algo que ya has olivado qué era aunque probablemente fuese una agenda de contactos que nunca existió.
El jueves llega una buena noticia, vas al baño. Esperar este momento desde el lunes no ha sido de tu agrado, pero parece que el resto de la semana tu tubo digestivo descansa. Por cierto, la bombona sigue vacía. De camino al trabajo, te llaman del hospital para preguntarte por qué no has ido a la prueba que te iban a hacer el miércoles por la mañana, esa para la que has tenido que esperar ocho meses en la lista de espera. Obviamente les dices que estabas en Madrid en un viaje muy importante.
Y el viernes, cuando hablas con tu madre por teléfono, le preguntas dónde puede estar una libretita que tenías con todos los números de teléfono de tus amigos apuntados y te responde que no sabe, que se debió perder en la última mudanza, aquella que hicimos en el 96. Luego ella te pregunta qué tal ha ido tu semana y ya, por fin, sabiendo que el fin de semana es lo único que te separa de la próxima semana, no puedes evitar reírte.
PS, Mandadme vuestros números de teléfono, por favor.
domingo, noviembre 29, 2009
Uno frente a sí mismo
Ver estos días a Rafa Nadal sufriendo en la Copa Masters, me ha hecho recordar con viveza mis recuerdos tenísticos. Yo empecé a ir a cursos de tenis con seis años, y jugué de forma continuada hasta los dieciocho. Como federado competí unos siete años, y aunque no tengo las estadísticas, no creo que llegara a ganar ni la mitad de los partidos que jugué. Yo no era bueno, y a mi alrededor había gente que sí lo era; sacar conclusiones de aquí no es complicado. Aun así, guardo bastantes buenos recuerdos, y una sensación general de que, en definitiva, fue una experiencia positiva para mí.
Lo más duro en el tenis (en contra de lo que pueda pensar la gente y me imagino que al igual que en otros deportes individuales), es superar los miedos propios. En la pista estás solo, para bien y para mal, pero cuando se gana nunca hay problema, todo el mundo te felicita, todo son palmadas en la espalda, y si eres profesional, todo el mundo se quiere hacer la foto contigo. Distinto es cuando pierdes. Ahí sí que estás tú solo. Tu entrenador te puede recriminar que hiciste mal esto o aquello, nadie te va a elogiar (salvo en contadas honrosas derrotas) y si eres profesional además tendrás que soportar, o bien la crítica de la prensa o peor aún, la indiferencia.
Está claro que si mañana yo quedo a jugar en el Club de Tenis Betis con Roger Federer, por muy motivado que yo vaya me va a costar ver la bola. Ahí no hay dudas. Las dificultades surgen en los partidos igualados, frente a rivales parejos a ti, en los que el primer set fue para uno y el segundo para el otro. El tiempo pasa y cansa, y un partido de tenis a tres sets suele durar unas dos horas. En ese tiempo, uno no puede hablar con nadie, a lo sumo puede mirar a su gente y esperar que le devuelvan una mirada o un gesto de ánimo, pero nada más. Estás sólo. Si los primeros no entran es tu problema, y si el contrario te las mete todas al revés y no eres capaz de devolver un liftado en condiciones, pues también. Encontrar el punto de equilibrio entre mantener la confianza en uno mismo y hacerse una crítica eficiente no es algo que nos enseñe nadie, pero ahí se van los partidos.
El otro problema con el que tiene que lidiar el tenista a parte de su soledad, es la intensidad del partido. En el fútbol a menudo llega un punto del partido en el que se sabe quién va a ganar, y el resto del partido ambos equipos se dedican simplemente a esperar. En baloncesto, llaman los minutos de la basura a esos instantes finales de los partidos en los que la diferencia entre ambos equipos es tan grande, que resulta imposible ya un cambio en el resultado. Hasta en la F1, se permiten bajar las revoluciones del coche en las últimas vueltas cuando la distancia con los otros coches lo permite. En el tenis no existe ese momento de relajación. Siempre se corre el riesgo de que el ritmo del partido cambie. Perder 7-5 y 5-0 y remontar ocurre. Yo he perdido partidos en el tercer set tras haber disfrutado de tres bolas para ganarlo en el segundo, y viceversa. No hay margen para la relajación y además, según se acerca el final, la caída puede ser cada vez mayor. En el tie break del tercer set, uno está tan cerca de ganar el partido como de perderlo. Es en esos momentos, en los que el rival no está al otro lado de la red, está en tu propia cabeza. El brazo se encoge, la piernas flojean, el cuerpo no gira tan rápido, y hasta la vista nos puede traicionar. Que el rival devuelva o no la bola ya no es tan importante, lo verdaderamente crucial es mandarla al otro lado una vez más.
Todos estos recuerdos me han vuelto por ver a Rafa Nadal estos días. Él, que ha sido (y volverá a ser) el mejor, tiene que superar a esos fantasmas que le frenan. Poco importa que el de enfrente se llame Djokovic, Soderling o del Potro. Él tiene que mandar la bola medio metro más lejos, tiene que meter un 10% más de primeros saques, tiene que dar más reveses a dos manos en lugar de cortar la bola al segundo intercambio del peloteo, y eso no depende del contrario.
Se paró su racha increíble de cuatro Roland Garros seguidos, se quedó sin Wimbledon y toda la prensa española hablaba de un secreto a voces: su coraza, el círculo familiar que al parecer tanto bien le hacía se rompió. Incluso tuvo que conceder una entrevista a televisión española para tranquilizar a la opinión pública y “dar explicaciones” sobre su momentáneo retiro. Yo no sé si eso fue la razón de su traspiés, o se debió al simple hecho de que resulta muy difícil mantenerse como el mejor (o el segundo mejor) jugador de tenis del mundo durante cinco años seguidos. En Agosto volvió, y llegó a las semifinales del Open USA. Sólo del Potro, el ganador del torneo pudo con él, pero eso no es suficiente para él ni para nosotros, es Nadal.
Dicen que desde su retorno a las pistas no ha ganado más que a un top ten, a Tsonga, en el torneo de París. La prensa le ha puesto ahí una traba, un obstáculo. Quizás si se hubiesen fijado en los quince primeros del mundo, las estadísticas de Nadal mejorarían, pero la prensa española quiere que gane a los diez mejores, el resto no cuentan como victorias para él, eso ya se le supone.
Así se fue a Londres, a un torneo que por ser el último del año suele ver a los dos o tres primeros de la clasificación más cansados que al resto, de tantos partidos y victorias que arrastran. Este año Rafa llegaba fresco, pero se fue de vacío. Ni un set. Y sin embargo el juego estaba ahí, y las aptitudes también, los partidos los ha perdido en su cabeza, no en la pista. Ha perdido parte de esa confianza que le hacía mandar la pelota a la raya para salvar una bola de partido en contra. Ahora sólo queda preparar la próxima temporada, y espero que para el año que viene, cuando llegue a Australia, ya se haya vencido a sí mismo.
Lo más duro en el tenis (en contra de lo que pueda pensar la gente y me imagino que al igual que en otros deportes individuales), es superar los miedos propios. En la pista estás solo, para bien y para mal, pero cuando se gana nunca hay problema, todo el mundo te felicita, todo son palmadas en la espalda, y si eres profesional, todo el mundo se quiere hacer la foto contigo. Distinto es cuando pierdes. Ahí sí que estás tú solo. Tu entrenador te puede recriminar que hiciste mal esto o aquello, nadie te va a elogiar (salvo en contadas honrosas derrotas) y si eres profesional además tendrás que soportar, o bien la crítica de la prensa o peor aún, la indiferencia.
Está claro que si mañana yo quedo a jugar en el Club de Tenis Betis con Roger Federer, por muy motivado que yo vaya me va a costar ver la bola. Ahí no hay dudas. Las dificultades surgen en los partidos igualados, frente a rivales parejos a ti, en los que el primer set fue para uno y el segundo para el otro. El tiempo pasa y cansa, y un partido de tenis a tres sets suele durar unas dos horas. En ese tiempo, uno no puede hablar con nadie, a lo sumo puede mirar a su gente y esperar que le devuelvan una mirada o un gesto de ánimo, pero nada más. Estás sólo. Si los primeros no entran es tu problema, y si el contrario te las mete todas al revés y no eres capaz de devolver un liftado en condiciones, pues también. Encontrar el punto de equilibrio entre mantener la confianza en uno mismo y hacerse una crítica eficiente no es algo que nos enseñe nadie, pero ahí se van los partidos.
El otro problema con el que tiene que lidiar el tenista a parte de su soledad, es la intensidad del partido. En el fútbol a menudo llega un punto del partido en el que se sabe quién va a ganar, y el resto del partido ambos equipos se dedican simplemente a esperar. En baloncesto, llaman los minutos de la basura a esos instantes finales de los partidos en los que la diferencia entre ambos equipos es tan grande, que resulta imposible ya un cambio en el resultado. Hasta en la F1, se permiten bajar las revoluciones del coche en las últimas vueltas cuando la distancia con los otros coches lo permite. En el tenis no existe ese momento de relajación. Siempre se corre el riesgo de que el ritmo del partido cambie. Perder 7-5 y 5-0 y remontar ocurre. Yo he perdido partidos en el tercer set tras haber disfrutado de tres bolas para ganarlo en el segundo, y viceversa. No hay margen para la relajación y además, según se acerca el final, la caída puede ser cada vez mayor. En el tie break del tercer set, uno está tan cerca de ganar el partido como de perderlo. Es en esos momentos, en los que el rival no está al otro lado de la red, está en tu propia cabeza. El brazo se encoge, la piernas flojean, el cuerpo no gira tan rápido, y hasta la vista nos puede traicionar. Que el rival devuelva o no la bola ya no es tan importante, lo verdaderamente crucial es mandarla al otro lado una vez más.
Todos estos recuerdos me han vuelto por ver a Rafa Nadal estos días. Él, que ha sido (y volverá a ser) el mejor, tiene que superar a esos fantasmas que le frenan. Poco importa que el de enfrente se llame Djokovic, Soderling o del Potro. Él tiene que mandar la bola medio metro más lejos, tiene que meter un 10% más de primeros saques, tiene que dar más reveses a dos manos en lugar de cortar la bola al segundo intercambio del peloteo, y eso no depende del contrario.Se paró su racha increíble de cuatro Roland Garros seguidos, se quedó sin Wimbledon y toda la prensa española hablaba de un secreto a voces: su coraza, el círculo familiar que al parecer tanto bien le hacía se rompió. Incluso tuvo que conceder una entrevista a televisión española para tranquilizar a la opinión pública y “dar explicaciones” sobre su momentáneo retiro. Yo no sé si eso fue la razón de su traspiés, o se debió al simple hecho de que resulta muy difícil mantenerse como el mejor (o el segundo mejor) jugador de tenis del mundo durante cinco años seguidos. En Agosto volvió, y llegó a las semifinales del Open USA. Sólo del Potro, el ganador del torneo pudo con él, pero eso no es suficiente para él ni para nosotros, es Nadal.
Dicen que desde su retorno a las pistas no ha ganado más que a un top ten, a Tsonga, en el torneo de París. La prensa le ha puesto ahí una traba, un obstáculo. Quizás si se hubiesen fijado en los quince primeros del mundo, las estadísticas de Nadal mejorarían, pero la prensa española quiere que gane a los diez mejores, el resto no cuentan como victorias para él, eso ya se le supone.
Así se fue a Londres, a un torneo que por ser el último del año suele ver a los dos o tres primeros de la clasificación más cansados que al resto, de tantos partidos y victorias que arrastran. Este año Rafa llegaba fresco, pero se fue de vacío. Ni un set. Y sin embargo el juego estaba ahí, y las aptitudes también, los partidos los ha perdido en su cabeza, no en la pista. Ha perdido parte de esa confianza que le hacía mandar la pelota a la raya para salvar una bola de partido en contra. Ahora sólo queda preparar la próxima temporada, y espero que para el año que viene, cuando llegue a Australia, ya se haya vencido a sí mismo.
jueves, noviembre 19, 2009
La indulgente traición de la memoria
Cada vez que vuelvo a Gijón, como es lógico, noto cómo poco a poco la ciudad va evolucionando y se va transformando, noto cómo cada vez que regreso la realidad va cambiando continuamente y me va reservando pequeñas sorpresas.
Así que primero me confunde ella, cambiándome las cosas de sitio. Poniendo sucursales de La Caixa y la Caja Laboral donde antes había tiendas de ropa (tiendas donde yo compraba mi ropa), supermercados donde antes había cines (aquellos multicines en los que celebraba mis primeros cumpleaños), me cambia bares de nombre o de decoración o me quita a una camarera que tenía diez años más que yo para ponerme a una que todavía no ha salido de la ESO. En mis ausencias, la realidad se dedica a marcar cada vez más aceras con un carril bici, cómo si de una paciente araña tirando hilo se tratara. Me cambia calles, aceras, paseos y hasta plazas. En teoría solo cambia su apariencia, pero a cada regreso yo diría que la plazuela y el parchís cada vez están más lejos.
Pero además, he notado que otros cambios se van produciendo en la ciudad, bastante más sutiles. No sólo cambia Gijón en el presente, entre visita y visita, sino que el Gijón de mi pasado y mis recuerdos también se va transformando, y a cada retorno la ciudad es diferente a mis ojos y también lo es en mis recuerdos.
Mis recuerdos, todos ellos como globos de una fiesta de cumpleaños. Muy bonitos, muy variados, de muchos colores y hasta de distintas formas, pero todos ellos tristemente destinados a terminar pinchados, sucios y pisoteados en un rincón. ¿Y entonces qué pasa? ¿Se queda la habitación vacía y el rincón sucio? En absoluto, todo lo contrario más bien. Algún payaso constante y trabajador, probablemente ayudado por alguna de las madres, no deja de hinchar nuevos globos que aparecen ahí, como nuevos, como los anteriores en su estreno, pero que no son los míos. Así es como yo consigo recordar con nostalgia el Varsovia, en el que apenas pasé terminé una docena de mis salidas nocturnas, y sin embargo al pasar por delante del Mavis (en el que regalé tantas tardes de sábados) me resulta invisible o por lo menos, irrelevante.
Olvido los sitios donde solía cenar; olvido el kebab y la Mezzaluna y paso por delante de ellos con indiferencia hasta que llego a los Vikingos, y la siento como si fuera mi hamburguesería de toda la vida. Si lo pienso fríamente, sé que sólo la frecuenté los dos últimos años antes de marchar, pero la ilusión de volver a verme delante del rótulo es real, y para encontrar la Mezzaluna dudaría delante de qué escalera de la playa ponerme. O peor aún, me detengo en el Jamaica para recomendarle sus hamburguesas a mi compañera de piso como si fueran un clásico para mí, omitiendo el hecho de que lo descubrí una vez ya vivía en este exilio.
Paseo por Cimadevilla y me sorprendo deteniéndome en la Plaza de la Soledá, y cualquiera que me viese allí parado diría que ése era mi destino. Ignora el observador que esta plaza evocará recuerdos a otros, pero a mí no puede ser, a mí sólo me puede sonar a alguna letra de alguna canción, y supongo que llegará también el día en que la olvide. Evoco una Semana Negra cultural que jamás disfruté (exceptuando un par de exposiciones), y poco a poco voy perdiendo los recuerdos de aquellos caballitos en los que tantas horas infructuosas pasé detrás de alguna niña que me ignoraba, tratando de captar su atención torpemente.
Pensando acerca de este cambio de muebles en mi memoria, he llegado a alguna conclusión. Sé que por supuesto que no es Alzheimer, ni tampoco pérdida de memoria. Es otra cosa. No se trata de unos recuerdos que yo vaya contando a la gente, con la intención de aportar drama y emoción a mi vida, no. Es otra cosa. Es algo personal, una mentira que me cuento a mi mismo, una traición de mi a mi. Mentiroso y engañado son la misma persona. Además resulta curioso pero, sólo cambian los lugares. Esta memoria cambiante sólo toca el decorado, ni borra ni modifica eventos ni personas. Sé que esta afirmación tiene trampa, pues cada lugar ha de estar íntimamente ligado a ciertos recuerdos, y viceversa. Parece que en definitiva, mi memoria estará premiando a algunos de mis recuerdos sobre otros, mostrándose indulgente conmigo en cierta manera a través de mi pasado, bastante más fácil de cambiar de lo que pensaba cuando era un niño.
Loriga escribió que él le daba mucha más importancia a los sueños que a la vida real de la gente, puesto que los sueños son elección propia y la realidad no tanto. Resulta obvio, dado que aquí lo estoy escribiendo, que mi memoria sí recuerda esto, así que supongo que tendré que acostumbrarme a no sorprenderme tanto la próxima vez que mire para otro lado y al volver la vista, ella me haya vuelto a cambiar un globo pinchado y sucio por otro más brillante.
Así que primero me confunde ella, cambiándome las cosas de sitio. Poniendo sucursales de La Caixa y la Caja Laboral donde antes había tiendas de ropa (tiendas donde yo compraba mi ropa), supermercados donde antes había cines (aquellos multicines en los que celebraba mis primeros cumpleaños), me cambia bares de nombre o de decoración o me quita a una camarera que tenía diez años más que yo para ponerme a una que todavía no ha salido de la ESO. En mis ausencias, la realidad se dedica a marcar cada vez más aceras con un carril bici, cómo si de una paciente araña tirando hilo se tratara. Me cambia calles, aceras, paseos y hasta plazas. En teoría solo cambia su apariencia, pero a cada regreso yo diría que la plazuela y el parchís cada vez están más lejos.
Pero además, he notado que otros cambios se van produciendo en la ciudad, bastante más sutiles. No sólo cambia Gijón en el presente, entre visita y visita, sino que el Gijón de mi pasado y mis recuerdos también se va transformando, y a cada retorno la ciudad es diferente a mis ojos y también lo es en mis recuerdos.
Mis recuerdos, todos ellos como globos de una fiesta de cumpleaños. Muy bonitos, muy variados, de muchos colores y hasta de distintas formas, pero todos ellos tristemente destinados a terminar pinchados, sucios y pisoteados en un rincón. ¿Y entonces qué pasa? ¿Se queda la habitación vacía y el rincón sucio? En absoluto, todo lo contrario más bien. Algún payaso constante y trabajador, probablemente ayudado por alguna de las madres, no deja de hinchar nuevos globos que aparecen ahí, como nuevos, como los anteriores en su estreno, pero que no son los míos. Así es como yo consigo recordar con nostalgia el Varsovia, en el que apenas pasé terminé una docena de mis salidas nocturnas, y sin embargo al pasar por delante del Mavis (en el que regalé tantas tardes de sábados) me resulta invisible o por lo menos, irrelevante.
Olvido los sitios donde solía cenar; olvido el kebab y la Mezzaluna y paso por delante de ellos con indiferencia hasta que llego a los Vikingos, y la siento como si fuera mi hamburguesería de toda la vida. Si lo pienso fríamente, sé que sólo la frecuenté los dos últimos años antes de marchar, pero la ilusión de volver a verme delante del rótulo es real, y para encontrar la Mezzaluna dudaría delante de qué escalera de la playa ponerme. O peor aún, me detengo en el Jamaica para recomendarle sus hamburguesas a mi compañera de piso como si fueran un clásico para mí, omitiendo el hecho de que lo descubrí una vez ya vivía en este exilio.
Paseo por Cimadevilla y me sorprendo deteniéndome en la Plaza de la Soledá, y cualquiera que me viese allí parado diría que ése era mi destino. Ignora el observador que esta plaza evocará recuerdos a otros, pero a mí no puede ser, a mí sólo me puede sonar a alguna letra de alguna canción, y supongo que llegará también el día en que la olvide. Evoco una Semana Negra cultural que jamás disfruté (exceptuando un par de exposiciones), y poco a poco voy perdiendo los recuerdos de aquellos caballitos en los que tantas horas infructuosas pasé detrás de alguna niña que me ignoraba, tratando de captar su atención torpemente.
Pensando acerca de este cambio de muebles en mi memoria, he llegado a alguna conclusión. Sé que por supuesto que no es Alzheimer, ni tampoco pérdida de memoria. Es otra cosa. No se trata de unos recuerdos que yo vaya contando a la gente, con la intención de aportar drama y emoción a mi vida, no. Es otra cosa. Es algo personal, una mentira que me cuento a mi mismo, una traición de mi a mi. Mentiroso y engañado son la misma persona. Además resulta curioso pero, sólo cambian los lugares. Esta memoria cambiante sólo toca el decorado, ni borra ni modifica eventos ni personas. Sé que esta afirmación tiene trampa, pues cada lugar ha de estar íntimamente ligado a ciertos recuerdos, y viceversa. Parece que en definitiva, mi memoria estará premiando a algunos de mis recuerdos sobre otros, mostrándose indulgente conmigo en cierta manera a través de mi pasado, bastante más fácil de cambiar de lo que pensaba cuando era un niño.Loriga escribió que él le daba mucha más importancia a los sueños que a la vida real de la gente, puesto que los sueños son elección propia y la realidad no tanto. Resulta obvio, dado que aquí lo estoy escribiendo, que mi memoria sí recuerda esto, así que supongo que tendré que acostumbrarme a no sorprenderme tanto la próxima vez que mire para otro lado y al volver la vista, ella me haya vuelto a cambiar un globo pinchado y sucio por otro más brillante.
martes, noviembre 10, 2009
El perro es mío y me lo follo cuando quiero
Algo así debió de pensar el bueno de Richard Gere, cuando terminó de leer el estupendo guión que algún demente había hecho llegar a sus manos. Y la verdad que no culpo al bueno de Richard de haberse cansado de las típicas historias de amor hombre-mujer. Especialmente después de la última película suya que vi, aquella en la que un hombre criado en los barrios bajos, que bailaba claqué en clubs de negros durante la ley seca, medró hasta hacerse un gran empresario, se casó con la puta de Julia Roberts, más tarde se divorció de ella para luego tener una relación con Winona Rayder enferma terminal de cáncer, y justo antes de casarse por segunda vez, pero esta vez con Diane Lane y soportar que ésta le pusiera los cuernos con Olivier Martinez a cambio de una felación en el coche, se metió a bailarín.
Claro que puede que esté confundiendo argumentos.
El caso es que todo esto poco importa, al lado de la declaración de intenciones que ha hecho el bueno de Richard con su nueva película, y más aún teniendo en cuenta las leyendas urbanas que circulaban sobre él y cierta manía suya de meterse ratas por orificios de su propio cuerpo tales como... ya sabéis... como por el culo. Supongo que Richard, descontento con la difusión de esta historia, y sus terribles insinuaciones de que él no amaba a los animales, decidió salir al paso de mentiras y calumnias para demostrar que él es un gran amante de cualquier criatura de Dios; especialmente si es suave, peluda y estamos en invierno.
Así es como llegamos a Hachiko. Una historia basada en hechos reales, una historia de amor entre un hombre y su perro, una historia de coraje, valentía, ruptura de normas sociales y enfrentamiento contra la turba envidiosa. El perro es de Richard, y se lo folla cuando quiere, pensé cuando vi el cartel en una parada de autobús cualquiera.
La cara de agobio del perro no hace justicia al romance. Hay que tener en cuenta que se trata de un perro chino, y los perros chinos no pueden mirar igual que los perros europeos, pues son chinos. Así que descartamos la posibilidad de que el perro no esté disfrutando al sentir las firmes manos del bueno de Richard asiéndole por las caderas (o como se llame el homólogo perruno). La cara de Richard, por su parte, también nos puede inducir a engaño. Podríamos pensar que tiene cara de decir “ostia, me habéis pillado a punto de envolver a este puto perro chino en celofán”, pero tengamos en cuenta que el buen budista también tiene un poco cara de chino, así que lo más seguro es que simplemente esté experimentando una sensación placentera al asir a un animal tan suave y calentito, incluso a través de unos guantes de cuero que no dejan huella (¿eh, Avalon?).
Luego llegué a casa, y vi el tráiler.
Vale, puede que poner el tráiler con doblaje sudamericano mientras suena una canción popera japonesa, sea ponérselo demasiado fácil a uno mismo. Así que no comentaré más sobre la película, simplemente os contaré mi sueño. Un sueño basado en esta película, que a su vez está basada en la historia real de como Richard Gere se follaba a los animales, solo que cambiando su situación de muerde-almohadas por la de sopla-nucas, y cambiando al ratón por un perro chino.
En mi sueño, Richard pasea con Hachi por una calle de Nueva York, muy de mañana, a eso de las siete. Mientras, desde la otra acera, una manada de miembras del PETA le observan mientras esgrimen enfurecidas sus habituales pancartas, y se sienten tristes por dos motivos: El primero, que por mucho que sus pechos bailen al viento, y sus nalgas se aprieten la una contra la otra, firmes en cada salto, no consiguen atraer la mirada del bueno de Richard. Él sólo tiene ojos para el perro. El segundo, que según caminan amo y perro por la calle, todas las miembras del PETA se dan cuenta de algo, algo que puede parecer un efecto óptico, un error de la vista, y sin embargo no lo es. Todas observan como esa mañana, mientras Richard pasea sonriente y saluda amablemente al señor del kiosko que le vende el New York Times, su perro chino, Hachi, Hachiko, llora.
Claro que puede que esté confundiendo argumentos.
El caso es que todo esto poco importa, al lado de la declaración de intenciones que ha hecho el bueno de Richard con su nueva película, y más aún teniendo en cuenta las leyendas urbanas que circulaban sobre él y cierta manía suya de meterse ratas por orificios de su propio cuerpo tales como... ya sabéis... como por el culo. Supongo que Richard, descontento con la difusión de esta historia, y sus terribles insinuaciones de que él no amaba a los animales, decidió salir al paso de mentiras y calumnias para demostrar que él es un gran amante de cualquier criatura de Dios; especialmente si es suave, peluda y estamos en invierno.
Así es como llegamos a Hachiko. Una historia basada en hechos reales, una historia de amor entre un hombre y su perro, una historia de coraje, valentía, ruptura de normas sociales y enfrentamiento contra la turba envidiosa. El perro es de Richard, y se lo folla cuando quiere, pensé cuando vi el cartel en una parada de autobús cualquiera.
La cara de agobio del perro no hace justicia al romance. Hay que tener en cuenta que se trata de un perro chino, y los perros chinos no pueden mirar igual que los perros europeos, pues son chinos. Así que descartamos la posibilidad de que el perro no esté disfrutando al sentir las firmes manos del bueno de Richard asiéndole por las caderas (o como se llame el homólogo perruno). La cara de Richard, por su parte, también nos puede inducir a engaño. Podríamos pensar que tiene cara de decir “ostia, me habéis pillado a punto de envolver a este puto perro chino en celofán”, pero tengamos en cuenta que el buen budista también tiene un poco cara de chino, así que lo más seguro es que simplemente esté experimentando una sensación placentera al asir a un animal tan suave y calentito, incluso a través de unos guantes de cuero que no dejan huella (¿eh, Avalon?).Luego llegué a casa, y vi el tráiler.
Vale, puede que poner el tráiler con doblaje sudamericano mientras suena una canción popera japonesa, sea ponérselo demasiado fácil a uno mismo. Así que no comentaré más sobre la película, simplemente os contaré mi sueño. Un sueño basado en esta película, que a su vez está basada en la historia real de como Richard Gere se follaba a los animales, solo que cambiando su situación de muerde-almohadas por la de sopla-nucas, y cambiando al ratón por un perro chino.
En mi sueño, Richard pasea con Hachi por una calle de Nueva York, muy de mañana, a eso de las siete. Mientras, desde la otra acera, una manada de miembras del PETA le observan mientras esgrimen enfurecidas sus habituales pancartas, y se sienten tristes por dos motivos: El primero, que por mucho que sus pechos bailen al viento, y sus nalgas se aprieten la una contra la otra, firmes en cada salto, no consiguen atraer la mirada del bueno de Richard. Él sólo tiene ojos para el perro. El segundo, que según caminan amo y perro por la calle, todas las miembras del PETA se dan cuenta de algo, algo que puede parecer un efecto óptico, un error de la vista, y sin embargo no lo es. Todas observan como esa mañana, mientras Richard pasea sonriente y saluda amablemente al señor del kiosko que le vende el New York Times, su perro chino, Hachi, Hachiko, llora.
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